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Archive for the ‘Bagatelas’ Category

La leyenda inglesa de Borges

30/07/2012 1 comentario
La leyenda del estilo inglés de Borges es influyente y famosa.
Borges creció en una biblioteca de libros ingleses. El primer libro que leyó fue El Quijote en inglés y cuando por fin lo leyó en español pensó que era una mala traducción. De ese minicuento contado por Borges se ha derivado una teoría de su estilo: éste fue el resultado de resolver el problema de cómo escribir en español con la precisión del inglés. Lo que sigue no tiene la inútil intención de desvirtuar la leyenda, sino de examinar su mecanismo y su breve historia en la literatura argentina.

El dispositivo reposa en la magia del descubrimiento y el desencanto infantil. El estilo de Borges es, pues, la creación de un lenguaje extraviado o la recuperación en español de un texto corrompido. Pero esto olvida el carácter narrativo de esa temprana explicación sugerida por Borges. No digo que es ficticia: pienso más bien que forma parte del amplio argumento borgeano sobre el lugar de los antepasados. En cualquier caso, no es casual que la leyenda inglesa de Borges omita sus primeros libros de ensayos, abundantes en argentinismos: poco hay de fabuloso en un niño todavía desorientado a los veinte y tantos años.

Es también indispensable la creencia en la precisión inglesa —que obvia la ahora olvidada superstición de ciertos escritores ingleses sobre la precisión francesa. (Tal superstición es originariamente francesa; Rivarol escribió “Ce qui n’est pas clair n’est pas français”: “Lo que no está claro no es francés.”) Aquí debe recordarse la observación de Borges sobre las ilusiones del patriotismo: no tienen término y prefieren definir lo nacional en términos de un hecho externo y aun imaginario. En rigor, no existe la precisión inglesa o francesa: hay escritores precisos en inglés y en francés. Las quejas de críticos literarios y profesores de composición prueban que son muchos más los escritores imprecisos en ambas lenguas. La supuesta homogeneidad y superioridad estilística de un idioma procede entonces de la veneración o fetichismo de un limitado número de autores y obras.

Ese punto me conduce al final. La superstición de un estilo extranjero y su reescritura en español ya aparece en la historia elaborada en sus prólogos por otro escritor argentino, aunque de origen francés, asimismo ciego y director de la Biblioteca Nacional: Paul Groussac. La historia del estilo francés de Groussac se inicia con su inmigración al término de la adolescencia e incluye un número indeterminado de oficios y el autodidactismo. En la historia del estilo inglés insinuada por Borges, la seductora imagen del niño, la abuela inglesa y la biblioteca paterna ocupan esas funciones dramáticas. (Este paralelismo no fue el único efecto de la leyenda de Groussac. Alfonso Reyes, el más grande prosista español de cualquier época según Borges, dijo que Groussac, siendo francés, le había enseñado a escribir en español.)

Groussac, Borges, el francés, el inglés… No sabemos qué otro futuro escritor argentino recontará la leyenda extranjera de un estilo. Sólo sabemos que formará parte de la historia de la diversa entonación y seducción de esa metáfora.

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Irrazonables razones en el escribir y leer

5/10/2011 Deja un comentario

En el origen de toda obra intelectualmente brillante hay razones intelectualmente injustificables. El 17 de febrero de 1846, Kierkegaard publicó las notas de Johannes Climacus a sus Migajas filosóficas. Con ello finalizaba un período de casi cinco años de escritura seudónima, que incluyó libros como O esto o lo otro y también El concepto de la angustia.

Uno los motivos de esa producción febril fue la certeza de una muerte inminente. Kierkegaard estaba convencido de que moriría a los 33 años, es decir, poco después del 5 de mayo de 1846. Tal certeza no derivaba —o sólo derivaba parcialmente— de una fanática o egolátrica imitatio christi, de una indebida comparación con el Redentor, sino de un hecho más cercano y ominoso: sus dos hermanas habían muerto a esa edad.

El razonamiento es deleznable —el lazo de sangre, la repetición temporal—, pero por casi cinco años impulsó a Kierkegaard a concretar un proyecto filosófico y literario. No sabemos qué líneas de ese período le debemos. Y así, sabemos que nos asecha en las que Johannes Climacus magnifícamente socava los fundamentos de la dialéctica hegeliana, pero ignoramos en cuáles se mezcla la brillantez intelectual con lo arbitrario y lo baladí del supersticioso temor y temblor a una muerte injustificablemente programada

Hannah Arendt y el problema del mal…

28/10/2009 1 comentario

Cuando pienso en el problema del mal no pienso en Kant, el filósofo a quien llamaban “El Gran Chino de Königsberg” —aunque no sé por qué, porque yo he buscado en el mapa de China a la bendita ciudad y no la he hallado, y he mirado el retrato de Kant y nunca he visto nada rasgado o amarillo en él, pero sí he visto sus libros y reconozco que parecen escritos y premeditados en chino. El problema del mal tampoco me hace pensar en San Agustín, quien hizo la mejor presentación o introducción de la ya para entonces antigua idea de que el mal es la ausencia del bien, un desvío de la meta, cuando no la renuncia o desinterés por alcanzarla, que es como decir que somos malos cuando apuntamos y erramos el blanco o cuando quedamos en blanco tratando de darle o alcanzarlo.

Cuando pienso en el problema del mal pienso, más bien, en Hannah Arendt, una muchacha que en los años veintitantos del siglo XX vivía en Alemania y asistía a las clases de un tal profesor Heidegger, con el que además de interesantes y profundas clases y difíciles exámenes Hannah tenía un romance aún más difícil y profundo, por oculto y por apasionado, como sólo pueden serlo los amoríos con un filósofo que predica la “aleteia” o presentación con retraímiento. Para que sea claro lo oculto y lo profundo, recordemos que en esos mismos años Heidegger escribía, en los ratos que le dejaban sus clases y sus encuentros amorosos en los bosques universitarios cercanos o en el cuarto aún más universitario y cercano de Hannah, un libro en el cual proponía algunas ideas que luego lo hicieron simpatizante del nazismo y viceversa. En el mismo libro también examinaba —Heidegger, no otro nazi— las categorías existenciales, la angustia y la muerte por ejemplo, y acaso más por previsión que por pudor no incluyó ni mencionó para nada la fidelidad o el amor, no porque esas no sean categorías existenciales universales, sino porque aunque siendo muy humano y universal era muy académicamente riesgoso lo que el profesor casado y aprovechador del “efecto tarima” hacía con su joven estudiante judía. (Mucho menos categóricamente existencial fue lo que Heidegger —y también el nazismo y los nazis— le hizo o dejó de hacer a su protector y mentor judío Edmund Husserl, a quien el Herr profesor no le fue tampoco como a su esposa fiel, y quien tuvo que escapar de Alemania antes de que los nazis —pero no Heidegger, ¡por Dios!— lo encerraran en una cámara gaseosa y poco refrescante.) Por su parte, Hannah le recriminaba a Heidegger —claramente en los bosques o en el cuarto, y oscuramente en clase— la ausencia del amor en su magna obra, pero el Herr profesor descartaba esos argumentos sospechando segundas motivaciones femeninas en toda esa cháchara sobre la inclusión del amor en la existencia y en el ser y etcétera etcétera. (Agrego que nadie debe sentir pena sino indignación contra Frau Heidegger, no por amargada y nacionalsocialista, sino por consentidora: casi treinta años después, la envejecida Hannah visitó al más envejecido Heidegger, y la Frau los dejaba solos y les preparaba café, mientras los filósofos retomaban la discusión sobre las categorías existenciales… perdonen… —mi madre me ha interrumpido con un clásico sinónimo para consentidora y con otros indignados para vago y con un enérgico y casi nazi discurso sobre la importancia del pote de basura en la inminente Mañana de la Recolección.)

El problema de las cartas según Adorno, Lacan y Derrida

20/10/2009 9 comentarios
Escribe Adorno en su Dialéctica negativa:

En cuanto le es posible, el autor pone sus cartas sobre la mesa; lo que de ningún modo es lo que mismo que jugar a las cartas.

… ni tampoco a cartero gallináceo, aunque en la mesa los optimistas asuman lacanianamente que las cartas siempre llegan a sus destinatarios, y los pesimistas teman a la entremetida mala suerte derridiana que impide la llegada de las que les harían ganar el juego, a diferencia del adorniano o adornista, que ni juega ni es optimista ni pesimista a pesar de la desinencia y que a causa de ella no espera cartas buenas o malas, y quien tal vez porque después de todo sea algo gallina no las reparte sino que las pone, en cuanto le es posible —como quizá hago yo aquí.

Un silogismo espaciado de Cabrera Infante

6/10/2009 Deja un comentario

(…Bustrófactótum … como él era un tipo largo y flaco y con muy mala cara y esta malacara picada por el acné juvenil o por la viruela adulta o por el tiempo y el salitre o por los buitres que se adelantaban, o por todas esas cosas juntas, se paró, se puso de pie, se dobló, se triplicó, se telescopió hacia arriba agigantándose en cada movimiento hasta llegar al cielo raso, puntal o techo.)

Y el dueño se achicó, si es que podía hacerlo todavía y

fue el hombre increíblemente encogido, pulgarcito

o meñique, el genio de la botella al revés y

se fue haciendo más y más y más chico,

pequeño, pequeñito, chirriquitico

hasta que se desapareció por

un agujero de ratones al

fondo-fondo-fondo,

un hoyo que

empezaba

con

o

*Notas relacionadas: Textos chinos y, dentro de poco, rusos.

Un descuido sexo-lingüístico-cultural de Theodor Adorno

12/06/2009 3 comentarios
«Quien lee pornografía en una lengua extranjera descubre cuán íntimamente se entrelazan sexo y lenguaje» —escribe el casi siempre perspicaz y pocas veces prejuicioso Theodor Adorno en su Minima Moralia. Yo hubiera aprobado absolutamente esa sexo-lingüística observación cultural si no fuera por ciertos comics japoneses lujuriosamente perversos cuya disposición inversa (cuadros en secuencia derecha-izquierda) y diálogos en caligrafía original tienen un desalentador o insensibilizador efecto.

Textos chinos y, dentro de poco, rusos

6/06/2009 6 comentarios

La aproximación más común a los textos chinos es creer que se organizan o distribuyen como las cajas chinas, es decir, colocando ya que nadie puede creer que tanto trabajo de escritura y memoria y mecanismo no oculte un mensaje que afecte a los cielos, a la tierraen la última de de ellas. En el caso de los textos matrioskas, pocos asumen un contenido importante, pero esto parece ser debido a un matrioskas prejuicio machista acerca de una muñeca que sonríe con todo y a pesar de un posible embarazo múltiple. Lentamente, sin embargo, las feministas han logrado que las matrioskas —y por extensión los textos rusos— alcancen el estatuto metafísico de las cajas chinas. Pero todas estas aproximaciones, creencias y esfuerzos son, como ya se habrá dado cuenta el lector, totalmente artificiosos o ilusorios. Es decir, cuentos chinos o, dentro de poco, rusos. y a los diez mil seres. Esta creencia parece ser un efecto de la metáfora de las cajas y su colocación, porque lo usual es poner unas sobre otras, aun si los artículos son valiosos y frágiles. Pero cuando las cajas no están apiladas sino incrustadas, la superstición sobre la relación entre esfuerzo y resultado lleva a sospechar que su carga es trascendente, por lo mucho que hay que descender para descubrir lo que hayun texto dentro de otro. Este prejuicio se ha extendido a los textos rusos, de lo cuales se cree que se organizan o distribuyen como las matrioskas, las famosas muñecas preñadas de otras muñecas a su vez preñadas de otras y así hasta alcanzar a la estéril o virgen. La otra creencia común es que los textos chinos, aunque no los rusos, tienen algo importante que decir,