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Shane : pistoleros y ética de perros

No estoy seguro de que el perro sea el mejor amigo
del hombre, pero sí de que es el modelo ético preferido de muchos hombres. De mis dudas son responsables las cicatrices en los rostros de algunos niños, el récord victimario del Rottweiler y el aviso universal «Cuidado con el perro». De mi convicción son causantes Diógenes de Sinope y otros prácticantes de la escuela cínica, quienes comían, bebían, defecaban, orinaban e incluso se masturbaban en público, con desparpajo y simpleza caninas.

Mis ejemplos éticos no se limitan a los antiguos o a la irreverencia de las costumbres: desde su primera película, Lassie recorre intransitables y truculentos caminos para retornar a su dueño; y Rin Tin Tin desafía balas, flechas y el mandato de “Stay!” para salvar soldados y colonos —y alguna impensada vez un indio.

Pero sospecho que de perros de película el favorito de Diógenes y su secta hubiera sido el que aparece en las escenas finales de Shane. No me refiero al compañero de Joey, el niño de los Starrett, ese perro que al estilo de Lassie o Rin Tin Tin recorre en la noche una gran distancia para cuidar de su nuevo dueño, y que junto a éste observa debajo de los batientes el duelo entre Shane y Wilson. Perro irresponsable si los hubiera; aunque soy injusto y debería hablar más bien de indiferencia o ignorancia de las balas y de las palabras que las preceden, ya que no puede ser otro su papel en la historia contada o vista por el niño.

El perro al que me refiero tiene menos pretensiones, o mejor dicho ninguna, ya que no sólo aparece brevemente en la historia, sino que al contrario de todos los demás personajes se desatiende del héroe y sus asuntos, de Shane y su inútil plática con Ryker y de su sobrentendido y más inútil diálogo con Wilson. Hablo del perro de la cantina. Éste sólo presta atención intermitente a la entrada del héroe. Su interés será completo cuando Wilson se levante de la mesa; y al notar su intención de colocarse delante de ella para mejor enfrentar a Shane, se levanta a su vez de su plácido lugar y calmadamente busca la salida. A quien vea en esa decisión un simple reflejo pavloviano, una asociación elemental entre fogonazos, estampidos y adrenalina en fuga, le recordaré que un casual parroquiano abandona la cantina casi inmediatamente después de que el héroe cruza la puerta, y que esa previsión sí tiene más de hábito que de razonamiento, pues sólo el desplazamiento de Wilson señalará la inminencia del duelo. No hay tampoco en ese perro actitud o gesto retador o grosero contra el presuntuoso Wilson, ni un hostil gruñido ni ladrido, pero tampoco ninguno de afinidad por el héroe, ni una mirada o quejido de simpatía —y ello a pesar de que esto lo observamos desde la perspectiva del niño casi agazapado debajo de los batientes.

Entre los antiguos cínicos sólo se recuerda un caso análogo de apatía por los héroes: el de Diógenes. El conquistador Alejandro Magno lo visitó y le preguntó si podía hacer algo en su favor; el filósofo le pidió que se apartara porque le tapaba el sol. O para decirlo en la actitud inmortalizada más de dos mil años después por el otro maestro de la escuela: continúen con sus conflictos y sus muertes, pero ya que no puedo descansar tranquilo cerca del bar, déjenme salir de la cantina.

  1. 25/03/2010 a las 7:04 pm.

    Hola, Víctor, yo como siempre quiero hablar en defensa de los perros. Si te fijas bien, el perro perezoso del bar mueve la cola en el minuto 1:50. Lo hace casi por reflejo, tal vez se deba al hecho de que el “hueso” que entra al lugar no le inspira mucha confianza. A los segundos se va, como diciendo “con permisito dijo Monchito”. Él olfatea los tiros. Esto quizás se deba a que es un perro acostumbrado al western.
    A modo personal te comento que alguna vez tuve una perra que sabía de telenovelas y de tormentas sentimentales, porque cuando veía que mi novio y yo empezábamos a discutir: tiraba la cápsula (como los magos en las comiquitas) y desaparecía. Era una perra muy sabia. Mucho más sabia que el perro de la discusión.
    Saludos

  2. 25/03/2010 a las 8:21 pm.

    Ahora sí, donde corresponde:

    Hola, Víctor:

    En todo caso, un amigo me recomendaba siempre esa película. La vi y realmente no fue que me causara gran impresión, salvo encontrar en ella los elementos clásicos del héroe atormentado, con cara de palo, del western.

    Ahora bien, esta lectura que hacés desde el punto de vista canino es una joya retórica. Lo digo en serio, de verdad.

    Saludos

  3. Víctor Azuaje
    26/03/2010 a las 8:56 am.

    Carolina:

    Notarás que defender o no a los perros es asunto de preferencias y razas, caninas y humanas. Ahora bien, hay una diferencia entre mover la cola en alto (señal de contento) y moverla de lado, que sospecho indica un “Cuidado me la pisas”, por lo que casi concuerdo contigo en lo del desconfiado movimiento reflejo, reflejo en parte pavloviano y reflejo en parte de aquel cínico “Apártate porque me tapas el sol”. Tienes también razón en que el perro olfatea los tiros; más aún, creo que sabe por dónde van las balas perdidas: no se pierden, sino que se incrustan en los voyeurs.

    Gustavo:

    No hay otra con los gustos. Confieso que no es mi favorita, pero reconozco que mi problema es con la historia narrada desde el punto de vista del niño. Eso algo explica el acartonamiento de los adultos. De ahí en parte mi juego con el punto de vista del perro. Gracias por tu comentario.

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