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La máquinas poéticas de los libros imaginarios (v): Antonio Machado

Esta especie de plano-fonográfo tiene un teclado dividido en tres sectores: el positivo, el negativo y el hipotético. Sus fonogramas no son letras, sino palabras.

Sostenía Mairena que sus Coplas mecánicas no eran realmente suyas, sino de la Máquina de trovar, de Jorge Meneses. Es decir, que Mairena había imaginado un poeta, el cual, a su vez, había inventado un aparato, cuyas eran las coplas que daba a la estampa.

Antonio Machado, De un cancionero apócrifo.

De los críticos de libros imaginarios, Antonio Machado es el más complejo inventor de un mecanismo literario: por la doble invención de un autor —Juan de Mairena y Jorge Meneses—, por la obra que postula —Coplas mecánicas—, y por su aristón poético o Máquina de trovar. El apócrifo Juan de Mairena crea a Jorge Meneses, quien a su vez inventa una máquina que escribe los poemas de las Coplas mecánicas.

La natural reserva del inventor y la necesidad de inextricables gráficos vedan la puntual descripción del aparato literario de Meneses. Éste, sin embargo, nos deja saber la función del mecanismo. Es análoga a la de un barómetro o termómetro: mide en forma objetiva, desindividualizada, la lírica ambiente de un grupo de personas, y la registra en un soneto, jácara, letrilla o madrigal. Las experiencias que la máquina expresa son —conforme a la idea de Meneses de que lo personal cada día interesará menos— las de un conjunto de personas. Lo fundamental del output poético de la máquina es su impersonalidad: todos reconocen el poema como suyo, aunque ninguno hubiera sido capaz de componerlo.

Lo que nunca nos da el aparato es la canción individual, aunque el individuo esté caracterizado muy enérgicamente, por ejemplo: la canción del verdugo. Nos da, en cambio, si se quiere, la canción de los aficionados a las ejecuciones capitales, etc.

En su diálogo con Juan de Mairena, Meneses asegura que aunque su máquina es un medio de racionalizar la crítica, no es una máquina de pensar como la de Lulio,

sino de anotar experiencias vitales, anhelos, sentimientos, y sus contradicciones no pueden resolverse lógica, sino psicológicamente.

Tampoco pretende Meneses sustituir al poeta con la máquina: los textos que ésta produce llevan adheridos las emociones de quienes la rodeaban al momento de su funcionamiento. Además, el poeta puede utilizarla para la investigación y el reconocimiento de los sentimientos básicos de la comunidad, y transformarse así en un imperturbable creador de canciones.

La organización y funcionamiento de la máquina de trovar son, en palabras de Meneses, más simples que los de una de escribir. Yo, sin embargo, no intentaré una perífrasis de su explicación. Prefiero remitirme al autorizado manual de bolsillo de Mairena:

Esta especie de plano-fonográfo tiene un teclado dividido en tres sectores: el positivo, el negativo y el hipotético. Sus fonogramas no son letras, sino palabras. La concurrencia ante la cual funciona el aparato elige, por mayoría de votos, el sustantivo que, en el momento de la experiencia, considera más esencial, por ejemplo: hombre, y su correlato lógico, biológico, emotivo, etcétera, por ejemplo: mujer. El verbo siempre en función en las tres zonas del aparato, salvo en caso de sustitución por voluntad del manipulador, es el verbo objetivador, el verbo ser, en sus tres formas: ser, no ser, poder ser, o bien es, no es, puede ser, es decir el verbo en sus formas positiva u ontológica, negativa o divina, e hipotética o humana… Los vocablos lógicamente rimados son hombre y mujer, los de rima propiamente dicha: mujer y (puede) ser. El manipulador elige el fonograma lógicamente más afín, entre los consonantes a hombre, es decir nombre. Con estos ingredientes el manipulador intenta una o varias coplas, procediendo por tanteos, en colaboración con el público.

Es inevitable aquí un tópico recurrente en la crítica de libros imaginarios: el precursor. Destaquemos en Jorge Meneses —a través de Juan de Mairena, a través del también ilusorio Abel Martín— el influjo de Gottfried Wilhelm Leibniz. Es seguro que la idea de unos sentimientos o pensamientos esenciales propuesta por Meneses, tenga en el filósofo alemán su origen. (Leibniz ya había indicado los fundamentales: «Dios mismo —lo positivo—, y además la nada, es decir la privación —lo negativo—…»)

Observaré también —juicio no formulado hasta ahora en la crítica de libros imaginarios— el anacrónico carácter de la realidad que nos propone Juan de Mairena en su Cancionero apócrifo: un poeta que recorre los caminos de la España finisecular con un máquina de osmóticos poderes síquicos, una noria del espíritu, que empáticamente registra la sentimentalidad del hombre común. Hablar de ficción científica, en este caso, no me parece injustificado.

*Notas relacionadas: Las máquinas poéticas de los libros imaginarios (i).

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