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La máquinas poéticas de los libros imaginarios (iii): Borges

El 15 de octubre de 1937, en una revista semanal para señoras con el previsible título de «El Hogar», el escudriñador y analista de artificios Jorge Luis Borges discurrió sobre la máquina de pensar de Raimundo Lulio. Allí analizó un rudimentario esquema de su simbolismo. Descritas las significaciones alfabéticas de los atributos divinos, de los conceptos teológicos y filosóficos —y sus probables equivalentes modernos— que las innumerables cámaras hubieran almacenado y permutado, Borges concluyó que «Como instrumento de investigación filosófica, la máquina de pensar es absurda»; pero agregó que no lo sería como instrumento literario o poético. Recordó a Fritz Mauthner, quien en su Diccionario de Filosofía había anotado que un diccionario de la rima es una especie de máquina de pensar. Luego, comparó el trabajo del poeta y el de la máquina de Lulio:

El poeta que requiere un epíteto para “tigre”, procede en absoluto como la máquina. Los va ensayando hastar encontrar uno suficientemente asombroso. “Tigre negro” puede ser el tigre de la noche; “tigre rojo”, todos los tigres, por la connotación de la sangre.

(No sé si la máquina de pensar hubiera dado esa poética justificación de sus combinaciones, pero sospecho que en uno de sus infinitos giros podríamos encontrarla.)

El espíritu de la máquina de Lulio no abandonó a Borges. En «La Biblioteca de Babel» narra la infatigable, minuciosa y fracasada búsqueda de libros que justifican y prevén los actos de cada hombre. Los habitantes de la Biblioteca asesinan, imprecan, viajan a regiones desconocidas, enloquecen, hojean interminables libros; pero ya nadie espera descubrir las páginas redentoras. Se multiplica la desesperación, y entonces

Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran las letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos.

La secta es perseguida y desaparece, pero la la impresión del método elegido para la práctica de ese furor combinatorio perdura en la memoria del narrador:

…en mi niñez he visto hombre viejos que que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.

 
 
 
 
 

Muchos años después, Borges recordaría de nuevo la máquina de Lulio, junto con el temor de John Stuart Mill de que se agotaran las combinaciones de la música, junto con la fantasía de Kurt Lasswitz de una biblioteca que registrara todas las combinaciones de los símbolos ortográficos. Habló descreídamente de esos temores y esperanzas que coordinan con el azar una repetitiva mezcla de lo pictórico y lo auditivo; en particular, habló de las cualidades literarias de la máquina de Lulio —y tal vez del diccionario de la rima de Mauthner—:

La máquina de Lulio, el temor de Mill y la caótica biblioteca pueden ser materia de burlas, pero exageran una propensión que es común: hacer de la metafísica y de las artes, una suerte de juego combinatorio. Quienes practican ese juego olvidan que un libro es más que una estructura verbal, o que una serie de estructuras verbales: es el diálogo que entabla con su lector y la entonación que impone a su voz y las cambiantes y durables imágenes que dejan en su memoria.

No nos importe esa abjuración. Importa más comprobar que Borges, en diversas y alejadas ocasiones, reflexionó sobre los métodos para la producción impersonal de un texto; y que, como se ve, le conmovían más las razones filosóficas y sicológicas que nos mueven a buscar tales artilugios, que su posible efectividad. Borges, a quien no le intimidaba reemplazar la pluralidad de los autores por un Espíritu Universal, no creía, o no quiso creer, en el azar como autor de un texto.

*Notas relacionadas: Las máquinas poéticas de los libros imaginarios (i).

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