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Hannah Arendt y el problema del mal…

Cuando pienso en el problema del mal no pienso en Kant, el filósofo a quien llamaban “El Gran Chino de Königsberg” —aunque no sé por qué, porque yo he buscado en el mapa de China a la bendita ciudad y no la he hallado, y he mirado el retrato de Kant y nunca he visto nada rasgado o amarillo en él, pero sí he visto sus libros y reconozco que parecen escritos y premeditados en chino. El problema del mal tampoco me hace pensar en San Agustín, quien hizo la mejor presentación o introducción de la ya para entonces antigua idea de que el mal es la ausencia del bien, un desvío de la meta, cuando no la renuncia o desinterés por alcanzarla, que es como decir que somos malos cuando apuntamos y erramos el blanco o cuando quedamos en blanco tratando de darle o alcanzarlo.

Cuando pienso en el problema del mal pienso, más bien, en Hannah Arendt, una muchacha que en los años veintitantos del siglo XX vivía en Alemania y asistía a las clases de un tal profesor Heidegger, con el que además de interesantes y profundas clases y difíciles exámenes Hannah tenía un romance aún más difícil y profundo, por oculto y por apasionado, como sólo pueden serlo los amoríos con un filósofo que predica la “aleteia” o presentación con retraímiento. Para que sea claro lo oculto y lo profundo, recordemos que en esos mismos años Heidegger escribía, en los ratos que le dejaban sus clases y sus encuentros amorosos en los bosques universitarios cercanos o en el cuarto aún más universitario y cercano de Hannah, un libro en el cual proponía algunas ideas que luego lo hicieron simpatizante del nazismo y viceversa. En el mismo libro también examinaba —Heidegger, no otro nazi— las categorías existenciales, la angustia y la muerte por ejemplo, y acaso más por previsión que por pudor no incluyó ni mencionó para nada la fidelidad o el amor, no porque esas no sean categorías existenciales universales, sino porque aunque siendo muy humano y universal era muy académicamente riesgoso lo que el profesor casado y aprovechador del “efecto tarima” hacía con su joven estudiante judía. (Mucho menos categóricamente existencial fue lo que Heidegger —y también el nazismo y los nazis— le hizo o dejó de hacer a su protector y mentor judío Edmund Husserl, a quien el Herr profesor no le fue tampoco como a su esposa fiel, y quien tuvo que escapar de Alemania antes de que los nazis —pero no Heidegger, ¡por Dios!— lo encerraran en una cámara gaseosa y poco refrescante.) Por su parte, Hannah le recriminaba a Heidegger —claramente en los bosques o en el cuarto, y oscuramente en clase— la ausencia del amor en su magna obra, pero el Herr profesor descartaba esos argumentos sospechando segundas motivaciones femeninas en toda esa cháchara sobre la inclusión del amor en la existencia y en el ser y etcétera etcétera. (Agrego que nadie debe sentir pena sino indignación contra Frau Heidegger, no por amargada y nacionalsocialista, sino por consentidora: casi treinta años después, la envejecida Hannah visitó al más envejecido Heidegger, y la Frau los dejaba solos y les preparaba café, mientras los filósofos retomaban la discusión sobre las categorías existenciales… perdonen… —mi madre me ha interrumpido con un clásico sinónimo para consentidora y con otros indignados para vago y con un enérgico y casi nazi discurso sobre la importancia del pote de basura en la inminente Mañana de la Recolección.)

  1. 28/10/2009 a las 8:42 pm.

    Cuentan algunos historiadores que originalmente, “El ser y el tiempo” se iba a llamar “Mi ser y el tiempo libre. Donde se discute acerca de las relaciones licenciosas entre maestro y pupila (o viceversa)”. Dicha versión nunca circuló, pero sirvió para algunos guiones apócrifos de Riefenstahl.

    Saludos.

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