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El Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Borges

En 1941, Spencer Tracy protagonizó junto a Ingrid Bergman y Lana Turner Dr. Jekyll and Mr. Hyde. A fines de ese año Borges opinó que esta versión repetía “con aciaga fidelidad los errores estéticos y morales de la versión (de la perversión) de Mamoulian”. Se refería así a la celebrada versión que, en 1931, dirigió Rouben Mamoulian con las actuaciones de Fredric March y Miriam Hopkins. Como se ve, Borges reseña no una sino dos películas o, más bien, una tradición, ya que ambas siguen la trama establecida por Thomas Russell Sullivan para su adaptación teatral de 1887.

En cuanto a cánones estéticos o morales, Borges no sigue otros que la novela de Stevenson. En ésta

el doctor Jekyll es moralmente dual, como lo son todos los hombres, en tanto que su hipóstasis —Edward Hyde— es malvado sin tregua y sin aleación; en el film de 1941, el doctor Jekyll es un joven patólogo que ejerce la castidad, en tanto que su hipóstasis —Hyde— es un calavera, con rasgos de sadista y de acróbata. El Bien, para los pensadores de Hollywood, es el noviazgo con la pudorosa y pudiente Miss Lana Turner; el Mal … la cohabitación ilegal con Fröken Ingrid Bergman o Miriam Hopkins. Inútil advertir que Stevenson es del todo inocente de esa limitación o deformación del problema.

La novela es también su regla estética: “En el libro, la identidad de Jekyll y de Hyde es una sorpresa: el autor la reserva para el final del noveno capítulo”. Para lograr ese efecto, sugiere dos actores que usan “palabras análogas”, mencionan “hechos que presuponen un pasado común” y “cuando el problema es indescifrable, uno de ellos absorbe la droga mágica y se cambia en el otro”. Pero el director Victor Fleming, para indignación de Borges

elude todo asombro y todo misterio; en las escenas iniciales del film, Spencer Tracy apura sin miedo el versátil brebaje y se transforma en Spencer Tracy con distinta peluca y rasgos negroides.

Hace ya muchos años que leí la novela de Stevenson y por ello no puedo asegurar que los cuestionamientos y sugerencias de Borges sean fidedignos o necesarios. Por ejemplo, la animación por computadora ha resuelto la dificultad técnica de la distinta apariencia y voz de Jekyll y Hyde (véase The League of Extraordinary Gentlemen), pero no creo que alguien no reconozca la profunda y por demás famosa identidad entre ambos. Creo que cualquier película que incluyera en su título los nombres de Jekyll y Hyde no habría logrado, incluso en 1941, el asombro o la sorpresa, aun si recurriera a los dos habilidosos ventrílocuos actores imaginados por Borges. Sí puedo asegurar, no obstante, que hace pocas noches disfruté de la versión de Fleming y de la actuación de Spencer Tracy y de Fröken Ingrid Bergman, sin que para nada me perturbaran las ya apuntadas omisiones y desviaciones e ingenuidades del maquillaje. La juzgué por sus méritos como producción audiovisual, no como edición en celuloide de ciertos grupos de palabras. Así, estoy de acuerdo con Alec Baldwin en que Tracy expresa fielmente la lascivia que provoca la sensualidad de Ingrid Bergman —y que yo no había notado ni en Casablanca ni en la posterior Juana de Arco. Ciertamente podría establecer comparaciones con la versión de 1931, que fue la implacable norma seguida por los críticos de 1941, pero mi relectura de la novela no sería el canon de evaluación. (Recuerdo que algo semejante me ocurrió hace unos años con El nombre de la rosa. Ya había leído la novela y sus anotaciones cuando ví la interpretación que Sean Connery hizo de Guillermo de Baskerville: hasta hoy día, su imagen y su timbre de voz son, en mi memoria, tan reales como cualquier descripción presentada en el libro.)

Señalo, por último, que Borges incurre en una ligera contradicción: apunta que “el capítulo final de la obra, declara los defectos de Jekyll: la sensualidad y la hipocresía”, y luego sostiene que “la ética no abarca los hechos sexuales, si no los contaminan la traición, la codicia, o la vanidad”. Yo pienso —pero es mera inclinación personal— que los hechos sexuales son parte importante de la sensualidad, y que si la novela declara ésta un defecto, sólo puede hacerlo desde el punto de vista ético. En ese sentido, la lascivia que Spencer Tracy imprimió a Mr. Hyde y que Hollywood ha expresado en otras formas, ya formaba parte de la historia y esto en 1931 o 1941 era más evidente que en los días de Stevenson. Por otro lado, el severo cuestionamiento de Borges a esa “limitación o deformación del problema” quizá sugiera a algunos un conflicto o una limitación personal. Los aficionados a esas conexiones pueden leer la nota “Borges y Bioy: una amistad entre biombos” de Edwin Williamson en Letras Libres.

Para los que deseen comparar la sensualidad con que Hollywood marca la historia, dejo una nada pudorosa escena de la versión de 1931 y otra de la de 1941. Observen, en esta última, las lujuriosas miradas que Spencer Tracy dedica a Fröken Ingrid Bergman desde el segmento 2:23 (asimismo, las tomas de los brazos y el busto).

  1. Carolina
    1/06/2009 a las 4:47 pm.

    Hola, Víctor, ¿qué te pareció la versión protagonizada por John Malcovich?

  2. Carolina
    1/06/2009 a las 5:02 pm.

    Elocuentes imágenes, Mr. Víctor, es que Hollywood ya la tenía clara: el futuro está en el porno. Me gustaron más las tomas de la primera versión; bastante erótica la muchacha. En cuanto a la segunda versión la verdad es que la cara de baboso que pone Spencer Tracy es medio asquerosa.

  3. Víctor Azuaje
    2/06/2009 a las 8:16 am.

    Carolina:
    Hollywood la tenía clara, pero la censura no: las incitantes imágenes de Miriam Hopkins fueron eliminadas en su época. Respecto a la cara de baboso de Spencer Tracy: éste odiaba el uso de maquillaje para interpretar a Hyde; Ingrid Bergman cuenta que Tracy deseaba transmitir la monstruosa personalidad por medio de expresiones faciales y lenguaje corporal. Cuán acertado o no fue el resultado depende del espectador, pero tu reacción muestra que su idea era válida. (Ya que eres tan sensible a esa expresión, pregunto: ¿En cuál región de Venezuela se consiguen esas caras con más frecuencia?)
    La versión de Malcovich resuelve novedosamente, por inversión, el problema de la sorpresa y el asombro: todos sabemos que aparecerá Hyde y que será Malcovich, pero pocos lo esperábamos tan buen mozo y con abundante cabello. Psicológicamente, me parece una de las mejores interpretaciones (pero, de nuevo, los prejuicios: soy fan de Malcovich). Habrá que esperar por las versiones con Keanu Reeves (¿2010?) y la rumorada con Guillermo del Toro (esa sí me gustaría verla).

  4. Carolina
    2/06/2009 a las 11:51 am.

    El Malcovich tiene un encanto siniestro, que lo hace merecedor de ambas personalidades del científico en cuestión. En cuanto a lo baboso del personaje, arriba citado, eso va más allá del maquillaje. Y se ven muchos por ahí, en cualquier lado de tu patria lejana.

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