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Contra Badiou y Žižek

Para contrarrestar la figura de Abraham, que domina los últimos escritos de Derrida, Alan Badiou ha elegido la de San Pablo. Admirado y, tal vez sorprendido, por ese gesto, Slavoj Žižek ha seguido igual camino. Que el apóstol de los gentiles sea el principal interés de uno de los más densos teóricos de la antigua izquierda laica y de la actual vedette del movimiento, seguro convencerá a algunos de que el marxismo sino murió, al menos quedó amnésico.

Las razones de Badiou son mínimamente comprensibles. El Abraham de Derrida—y de Emmanuel Levinas— es el patriarca común del judaísmo, el cristianismo y el Islam, y en su pretendido mesiánico universalismo y respeto del Otro hay sin embargo trazos de totalización y de un Uno que proféticamente vendrá. El materialista Badiou recuerda que Pablo no es profeta sino apóstol del evento cumplido, y en consecuencia cree que esa figura sirve para establecer un contraste con nociones como la de la democracia por venir y el Otro absoluto. Para Badiou, Abraham no es suficientemente universal.

Žižek comparte esa animosidad contra el, a su manera de ver, oscurantismo de la deconstrucción y el falso universalismo implícito en la veneración del Otro. También lo impulsa el dialéctico empeño de desafiar la acusación de religión secular que usualmente se le ha hecho al marxismo; su estrategia consiste en aceptar los cargos demostrando la relación histórica entre marxismo y cristianismo. (Žižek desconoce u olvida o quiere olvidar que la Teología de la Liberación satisfizo ese proyecto; Žižek desconoce u olvida o quiere olvidar los nombres de Leonardo Boff, Gustavo Gutiérrez y Camilo Torres.)

Considero razonable la objeción de Badiou o Žižek a la figura de Abraham como representación de un proyecto universalista. Pero no creo que la de San Pablo sea mejor elección. No invocaré los argumentos de Cioran contra el apóstol:

Para escapar a la inseguridad—su sentimiento predominante— se entrega a la primera causa que el azar le ofrece. Una vez en posesión de la “verdad”, se vengará en los otros de sus antiguas incertidumbres, de sus antiguos miedos. Tal fue el caso del prototipo de converso, San Pablo.

Recordaré más bien el argumento de los paganos contra el cristianismo. El universalismo de los discípulos de Pablo hizo desaparecer los quince libros de Porfirio y el de Celso, pero algunas frases se citan en las apologías de Orígenes, Agustín y Jerónimo. Aquí nos interesa una de Celso:

Si como el Zeus de la comedia al despertar de un largo sueño, Dios quisiese liberar al género humano de sus males, ¿por qué iba a enviar al espíritu que decís a un pequeño rincón del mundo? Era necesario insuflarlo a la vez en muchos cuerpos y enviarlos aquí y allá por toda la tierra.

Este argumento mina la pretensión universalista del Dios cristiano: si éste quería salvar al género humano, ¿por qué envió un solo Salvador y no muchos, por qué en estos tiempos y a un pequeño rincón del mundo y a un grupo mínimo de personas, obviando así a los hombres de todos los tiempos y lugares antiguos y a todos los contemporáneos de regiones distantes? Todavía hoy, ésta se considera la objeción más intelectualmente seria y contundente contra el cristianismo.

Un razonamiento análogo cabe esgrimir contra la figura de San Pablo a la que recurren Badiou o Žižek. Su universalismo sería por consiguiente tan o aun más limitado y excluyente que el de Derrida. No en vano, en los Estados Unidos las ideas de Badiou o Žižek han sido citadas amigable o irónicamente por fundamentalistas y conservadores cristianos y cuestionadas con severidad por algunos sectores liberales, de izquierda y de grupos que luchan contra varias formas de discriminación.

Una última observación. Carl Schmitt sugirió que los conceptos políticos son de alguna manera derivados o semejantes a las nociones teológicas; nunca sugirió, que yo sepa, que los antiguos o modernos argumentos contra religiones naturales o reveladas podrían emplearse en nuevas formas. No hay que pensar, sin embargo, que sean más efectivos en las luchas políticas de lo que lo fueron en las teológicas. La derrota del paganismo es, al respecto, un ominoso recordatorio.

* Notas relacionadas: Contra Derrida.

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