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Contra Derrida

La escena en la que Abraham se dispone a sacrificar a su hijo Isaac fue de especial interés ético para Jacques Derrida. A éste lo motivaron las reflexiones de su contemporáneo Emmanuel Levinas, quien a su vez le interesaron las de Søren Kierkegaard, quien a su vez quiso refutar las de Immanuel Kant. Quiero registrar aquí mi fundamental desacuerdo con Derrida y mi simpatía por Kant. Antes de mi breve observación, recordaré la escena de Génesis 22:

2 Entonces Dios le siguió diciendo: “Toma a tu hijo único, el que tanto amas, a Isaac; ve a la región de Moria, y ofrécelo en holocausto sobre la montaña que yo te indicaré”.

9 Cuando llegaron al lugar que Dios le había indicado, erigió un altar, dispuso la leña, ató a su hijo Isaac, y lo puso sobre el altar encima de la leña.
10 Luego extendió su mano y tomó el cuchillo para inmolar a su hijo.

Esta es la escena que comenta Derrida en su libro Dar (la) muerte. Allí advierte que, para Kierkegaard, la orden que Abraham obedeció se halla fuera de la generalidad y universalidad que caracterizan al imperativo categórico kantiano. Es un mandato absoluto que se ajusta a un deber absoluto, es decir, que no espera retorno, restitución o recompensa. La respuesta de Abraham muestra que en toda decisión genuina lo ético debe ser sacrificado; en este caso, el mandamiento de no matarás. Derrida nos asegura que esa estructura no limita su alcance a la escena fundacional de las tres religiones del libro, sino que se extiende a nuestra relación cotidiana con el otro o los otros. Simplifico, es verdad, un complejo argumento, pero basta esa idea general o imperfecta. Paso entonces al de Kant.

Ahora es costumbre censurar al ingenuamente racionalista siglo XVIII. No abundaré yo en críticas al siglo que derribó monarquías, sugirió la separación de poderes, debilitó el poder de las iglesias y ansió la tolerancia. Kant perteneció a ese siglo, y al dilema de Abraham respondió en forma simple: el patriarca debió rechazar la supuesta voz divina diciendo: “Que no debo matar a mi hijo es bastante cierto. Pero que esta aparición es Dios, de eso no estoy seguro, y no puedo estarlo, ni aun cuando esta voz llegue a mí desde el visible cielo”.

Esa réplica carece de encanto dramático, ya se la aplique a la excepcional circunstancia de Abraham e Isaac o a los comunes eventos de nuestra vida diaria, y creo que sólo con gran esfuerzo puede complicársela hasta el punto de que oriente nuestras relaciones con el otro o los otros. Se me disculpará pues que yo sea tan banal y la prefiera a la más intrincada y estimulante de Derrida. Tengo problemas de oído para voces celestiales o de origen incierto, y en mis relaciones con los demás, especialmente si son hijos, prefiero limitarme a no añadirles desvelos, conatos de homicidio y otras situaciones estresantes.

  1. no es el mismo anonimo
    18/05/2009 a las 9:11 pm.

    Creo que Derrida es el autor de la descontrucion y por eso cree en construir y en destruir es decir que si puede haber retornos que no son, necesariamente absolutos, por ejemplo cuando Abraham ya no mata al hijo puede ser una recompensa, no? Pero en verdad es un tema muy difícil porque así es la descontruccion de Derrida, que era como un pensador demasiado profundo para la generalidad de los seres que pululan en el pensamiento.

    No es el mismo anonimo

  2. Víctor Azuaje
    19/05/2009 a las 1:22 pm.

    No es el mismo anónimo:
    De Kierkegaard a Derrida, y desde antes los intérpretes como el autor de la Epístola a los Hebreos, han enfatizado el que Abraham está dispuesto a sacrificar a su hijo sin contar con algún tipo de salvación. El comentario de Kant apunta a esa obediencia absoluta que suspende la ética del no matarás. La salvación de Isaac es, en tal sentido, irrelevante. Sin embargo, es cierto que para Derrida no hay retorno absoluto.
    En otro orden de ideas, señalo que aunque en otro blog ya empiezan a tener sospechas sobre tu persona, mi opinión es que no tienes por qué dejar el anonimato, ¿acaso debes dejar de ser el “no es el mismo” sino otro? Ahí tienes al cuatrero, que se enreda para usar el “vos” pero no para dar besitos bigotudos en los cachetes, con lo que demuestra que la internacionalización tiene también sus bemoles.

  1. 7/01/2010 a las 8:52 am.

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