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La crítica del libro imaginario. Rodeos sobre un problema filosófico (iii): poética de la lectura

No soy un filósofo: soy un lector. Esto quiere decir que me seducen menos las razones técnicas de Quine que sus ilusorios oponentes, McX y el señor Y Griega; y sus afantasmadas creaciones: los posibles Laurel y Hardy, la redonda cúpula cuadrada del Berkeley College —¿acaso habrá mejor sitio para una cúpula cuadrada?— y la razón del número de centauros al número de unicornios. Quiere decir que me atraen menos sus argumentos nominalistas que la noción que se deriva de ellos: el compromiso ontológico: aquello cuya existencia nos comprometemos a admitir cuando hablamos de cierta manera.

Me atrae porque tal vez sea la explicación de las alusiones de Sir Thomas Browne a The Three Impostors, la razón de que un número exiguo de escritores se comprometiera a glosar, compendiar o discutir libros considerados inexistentes. La crítica literaria tradicional, hechizada, como Ryle y Braithwaite, por una metafísica de la estricta denotación y el hábito de los sentidos, no ha entendido el compromiso ontológico de los hombres que han reseñado libros imaginarios. La crítica que no ha resuelto la cuestión de la realidad en las obras de ficción, la que a un tiempo aplaude y cuestiona la arremetida de Don Quijote contra la bandada mora de maese Pedro; esa que sorprendería al mismo Aristóteles con sus torpes variaciones de “el arte imita a la naturaleza”; esa crítica sigue viendo como jugueteos literarios el comentario del libro imaginario. No ha percibido la concepción que lo funda: la rigurosa aplicación de la poética de la lectura.

Innumerables escritores señalaron la importancia del lector y de su capacidad artística para la elaboración de la obra —Montaigne con su suffisant lecteur, Stendhal con su happy few, Valéry Larbaud con su lecteur idéal, Virginia Woolf con su common reader, Julio Cortázar con su lector cómplice—, pero la crítica aún sospecha una actitud paródica o un errada metafísica en la poética del homo legens. Cuando acepta la poética de la lectura, la filtra con las distinciones aristotélicas de potencia y acto: la obra, sin la lectura, sólo existe en potencia, el lector es su realizador virtual, la obra es “una sustancia verbal que sólo posee presente”, etc.; o elabora una atractiva sociología del lector, prescindiendo de todos los lectores para remitirse al más confiable: el de la muestra estadística. Este subterfugio le permite reinvidicar a la crítica imperturbablemente las reflexiones sobre lo indispensable para la obra de la capacidad artística del lector.

Pero ya el inadvertido y atrabiliario Jesús Semprum señaló los verdaderos alcances de la poética de la lectura: la realidad de todo contenido de conciencia, sobre todo la del lector. Al igual que Borges y sus apócrifos Herbert Quain y Mir Bahadur Alí, al igual que Antonio Machado y sus Abel Martín y Juan de Moirena, Semprum aceptó el principio evidente de esa poética: la insignificancia o irrelevancia del autor. Semprum postuló, en sus Diálogos del día, la absoluta necesidad del lector: “La verdad… está únicamente en el espíritu del que lee”.

* Notas relacionadas: La crítica del libro imaginario. Rodeos sobre un problema filosófico (ii).

  1. 18/04/2009 a las 1:23 pm.

    Pareciera que el principal problema de la crítica es seguir considerando que existen libros que son imaginarios y otros que no lo son. Así las cosas, no estaría lejos ni de los planteamientos de la ciencia o de la religión, y no se asumiría como la única capaz de demostrar que todos los libros, igual que la ciencia y la religión, son imaginarios, en tanto son lenguaje, es decir, invención, artificio.

    Por lo demás, Víctor, muy entretenidos tus rodeos. ¿Forman parte de algo mayor o por ahora son eso, rodeos?

    Saludos.

  2. no es el mismo anonimo
    22/04/2009 a las 10:01 am.

    Estimado escritor, de verdad es muy importante que los lectores piensen que la lectura de uno es la que hace que los libros sean importantes para leer, éso creo entender de sus notas sobre el leer pero a lo mejor yo me equiboco =) pero sinceramente me parece muy loable su esfuerzo por presentarnos esos escritores desconocidos para nosotros. Aunque le pregunto sino quiso decir el señor Marx en el primer parrafo y Jesús Semprún, gracias

    No es el mismo anonimo

    Y son rodeos?

  3. Víctor Azuaje
    22/04/2009 a las 12:24 pm.

    Gustavo:

    Estos rodeos son esencialmente un libro que escribí hace mucho tiempo y que me demostró que se podía ganar dinero y vivir de ociosas lecturas. Ahora que se terminó la tarea de conseguir títulos académicos, lo vierto aquí como práctica y para darle espacios más amplios. Pienso regresar al tema, retomando cultivadores del género que mencioné brevemente (Stanislaw Lem o Augusto Monterroso, por ejemplo), y profundizando o desplazando los juegos filosóficos (Russell, Moore y Quine siguen estando entre mis favoritos, pero Donovan y Badiou pueden sin duda pueden enriquecer y complicar los rodeos).

    No es el mismo anónimo:

    Gracias por leerme. El señor McX es una invención de Quine, y no sé si éste último sospechó un juego con Marx. Semprum es la grafía del apellido del escritor venezolano autor de Diálogos del día.

  4. anonimo
    22/04/2009 a las 6:56 pm.

    Yo soy una anónima:
    No soy el mismo anOnimo: no es nada contra tuya pero creo que “equiboco” se escribe con “V”. Nada personal.

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