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La crítica del libro imaginario. Rodeos sobre un problema filosófico (ii)

Esbocemos por analogía la solución de Quine al problema de la existencia del libro imaginario. Elijamos un personaje de ficción, sea Pegaso. Alguien —verbigracia, el imaginario señor McX de Quine— podrá afirmar que si Pegaso no existe, no hablamos de nada al usar ese nombre; sería entonces insensato decir: “Pegaso no es”. De esa incoherencia, McX concluye: “Pegaso es”. Quine, para confundirlo, apela al ilusorio realismo de McX: ¿Está usted convencido realmente de que el alado cuadrúpedo está en algún sitio? En caso negativo, ¿es Pegaso una idea? ¿Es esa idea de la que uno habla cuando niega a Pegaso?

En auxilio del desconcertado McX, Quine hace intervenir al también imaginario señor Y Griega. Acaso lector impenitente del ya no sé si real filósofo Alexious von Meinong, el señor Y Griega sostiene que Pegaso “tiene el ser de un posible no actualizado”. Para aturdir a Y Griega, Quine despacha argumentos que incluyen la estética beduina, la epistemología policial; y la ubicación en un umbral de un posible Laurel y un posible Hardy, quienes dilucidarán si hay más hombres posibles delgados que gordos, cuántos de ellos son iguales, y si al ser iguales se convierten o no en uno solo, y cuántos de ellos hay parados en el mencionado umbral.

Quine sabe, sin embargo, que turbar a McX y al señor Y Griega no resuelve el problema de negar a Pegaso o a cualquier otro objeto imaginario, porque nombrarlo es afirmarlo. ¿La solución?: sustituir el nombre del objeto por una descripción russelliana.

La exposición técnica de las ideas de Russell me está vedada; me limito a presentar un ejemplo ya clásico de su creador y a olvidar al noble Pegaso. Hablemos entonces de Sir Walter Scott y digamos: “El autor de Waverley fue un poeta”; lo que se sustituye en palabras de Russell por : “Alguien —o mejor, según el estricto Quine, algo— escribió Waverley y ninguna otra cosa escribió Waverley“. Esta fórmula, razona Quine, no asume la existencia del autor de Waverley ni de ningún otro objeto; tampoco es vigorosa en la negación: “El autor de Waverley no es” significa débilmente: “O bien ninguna cosa escribió Waverley o bien o dos o más cosas escribieron Waverley“.

Concedo a Quine que tales descripciones “no aspiran en absoluto a ser nombres; refieren a entidades de un modo genérico, con un tipo de intencionada ambigüedad que les es peculiar”; pero esto no atenúa mi perplejidad: no es de esa entidad genérica de la que hablo cuando niego o afirmo, sin intencionada y peculiar ambigüedad, a Walter Scott. Ilustró mi posición con un autor y libro imaginarios: Juan de Mairena y su Vida de Abel Martín. Afirmo de Juan de Mairena: “el autor de la Vida de Abel Martín es”; que traducido en palabras de Russell-Quine resulta: “Alguien —o algo— escribió la Vida de Abel Martín y ninguna otra cosa escribió la Vida de Abel Martín“. Si negamos mi afirmación tenemos: “el autor de la Vida de Abel Martín no es”; y sustituyamos: “O bien ninguna cosa escribió la Vida de Abel Martín o bien o dos o más cosas escribieron la Vida de Abel Martín“.

Declaro que no hay nada peculiar en mi inequívoca intención al hablar, sea a favor o en contra, de Juan de Mairena; tampoco que, cuando lo niego o afirmo, mi espíritu o mente presienta o recorra la ilusoria clase de los autores imaginarios: Cide Hamete Benengeli, Herbert Quain, Diógenes Teufelsdroeckh, Mir Bahadur Alí, Jorge Meneses, Ts’ui Pen, Adso de Melk, Abel Martín… Argüír que mis perplejidades derivan de la petición de principio o del círculo vicioso porque incluyen una obra imaginaria, la Vida de Abel Martín, es ignorar las posibilidades de la lógica; de acuerdo con George Moore:

No hay un sentido de la palabra “autor” según la cual la proposición que afirma que una persona dada fue el autor de una obra determinada sea incompatible con la que afirma que la obra en cuestión no fue escrita nunca en absoluto. Podría ser cierto a la vez que Scott fue el autor de Waverley y que Waverley nunca fue escrito: no hay contradicción en suponer que haya sido así… Ciertamente, es posible lógicamente que hubiese ocurrido así sin que Waverley hubiese sido escrito nunca.

Tan posible es, que el veintinueve de marzo de 1939, a las nueve y un minuto a.m., Jaromir Hadlík, son otro documento que la memoria y sin otro tiempo que ese dilatado minuto, concluyó la versión definitiva del drama en tres actos Los enemigos, según consta en la reseña que Borges tituló “El milagro secreto”.

* Notas relacionadas: La crítica del libro imaginario. Rodeos sobre un problema filosófico (i).

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