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La crítica del libro imaginario. Rodeos sobre un problema filosófico (i)

Debemos lamentar que los filósofos analíticos Ryle y Braitehwaite eligieran o les fuera impuesto Los papeles póstumos del club Pickwick como tema para la discusión sobre objetos imaginarios: ello impidió que George Moore utilizara los intricados razonamientos de su sentido nada común en el problema mucho más complejo de The Three Impostors. Creo que para dilucidar si las frases de un libro de ficción tienen sentido como un todo, o si existe un sentido natural de las palabras «acerca de» que haga verdadera cualquier proposición que las utilice en relación con algunos de sus personajes —incluso si el personaje es otro libro—, hubieran sido más apropiadas e incomparables las alusiones que Sir Thomas Browne hizo de The Three Impostors. Una de ellas sentencia las ocupaciones del autor e insinúa el tema del libro:

That villian and Secretary of Hell, that composed that miscreant piece of the three Impostors, though divided from all Religions, and was neither Jew, Turk, nor Christian, was not a positive Atheist.

El siglo XVII no creía en la existencia de ese ilusorio tratado blasfemo contra Moisés, Cristo y Mahoma. Quizá su heterogéneo asunto le concedió las virtudes estilísticas que favorecieron la insegura autoría de Boccaccio, Giordano Bruno, Pietro Aretino y Tomasso Campanella; quizá la verdadera causa de esa pluralidad fue que ni Browne, ni nadie en ese siglo, había leído o visto alguna vez un ejemplar del tratado; lo único cierto es que esa omisión no impidió las citas, las refutaciones y las denuncias inquisitoriales. Un siglo después, para tranquilidad de literatos más escrupulosos, De Tribus Impostoribus apareció con fecha de 1598.

Ryle y Braithewaite habían declarado que las ambiguas expresiones que inspiró a Dickens el señor Pickwick eran contradictorias y carentes de sentido. Tal sometimiento a las convenciones de la denotación las refutó Moore con el vaivén de sus razones; pero incluso a Moore le hubiera resultado difícil levantar sus crédulas manos para defender un libro que respetados hombres de letras del siglo XVII citaron y comentaron, y que no conoció la imprenta sino en el siglo XVIII. Imagino los rodeos y retrocesos que hubieran animado sus reflexiones sobre ese tratado, más abundantes sin duda que los motivados por la frase «La señora Bardell se ha desmayado en los brazos del señor Pickwick». Con su gusto por las evidencias firmes, lo más probable era que hubiera mencionado la leyenda del hallazgo sospechoso en 1135 del sospechoso ejemplar del Digesto, para luego citar irónicamente el comentario de Goethe al respecto: «Se descubre un libro cuando se comienza a comprenderlo».

Sin embargo, algunos de los vaivenes que The Three Impostors hubiera inspirado a Moore los intuimos en su análisis de la teoría de las descripciones de Bertrand Russell. Esa intuición se confirma cuando examinamos una solución al problema de los objetos imaginarios pródiga en las áridas fórmulas de Russell: la de Willard van O. Quine. Tal solución sin duda habría sido del agrado de Ryle y Braithewaite, pues permite negar sin contradicción —que es una de las formas del olvido— la existencia de dichos objetos.

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El ensayo de Moore “Imaginary Objects” forma parte de su A Defence of Common Sense.

  1. anonimo
    13/04/2009 a las 1:28 pm.

    No entendi mucho en verdad (= pero se ve que usted es una persona instruida que tiene mucho que aportar en la situación de nuestro país con su talento literario y de filosofía. Seria bueno que pusiera en español lo del ingles para ver si tiene que ver con sus argumentaciones, porque yo no leo ingles pero tengo un adiestramiento en lógica y matemática.

    Sobre la imagiinación escribí en un libro que escribí por cinco años:

    La imaginación nos hace pensar en la cara de los niños
    como si fueran la cara de dios
    con su ternura
    y su infinita comprension de lobo estepario
    que no necesita de confirmaciones ateas
    ni de juicios precámbricos
    para esparcir su interminable bondad por el universo.

    Gracias por permitirnos compartir con sus lectores tan aventajados.

    No es el mismo anonimo

  2. anonimo
    13/04/2009 a las 1:30 pm.

    Y sobre su post anterior, creo que Cioran se escribe Ciorán con el acento en la a.

  3. Víctor Azuaje
    13/04/2009 a las 2:14 pm.

    Anónimo:

    Agradezco el comentario. Quizá la siguiente nota sea más comprensible para alguien con su experiencia en lógica, aunque decepcione a los fanáticos de la literatura. Cioran no lleva acento: es la grafía original.

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