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Heidegger e inquilinos, conserjes y arrendadores poéticos

El lenguaje es la casa del ser.” La frase de Heidegger es aparentemente nítida y hospitalaria. Quizá esa sugestiva concreción y la noción de confort sean la causa de que se la invoque con alguna frecuencia en las defensas del lenguaje poético. En esto, se sigue al propio Heidegger, quien añade pocas líneas después: “En su morada habita el hombre”, para concluir que “Los pensadores y poetas son los guardianes de esa morada”. Nada más seductor para un poeta —dejo fuera a los pensadores por razones de espacio— que concederse este privilegiado lugar de guardián, aunque alguna vez se le despoje o degrade o desplace de ese cargo o lugar: “El hombre es el vecino del ser”. (Curiosamente, los narradores son menos propensos a arrogarse cargos o invadir espacios metafísicos.)

Los poetas, en particular, olvidan así la inesperada advertencia de Heidegger:

Todo este hablar de la casa del ser no es ninguna transposición de la imagen de la “casa” al ser. Lo que ocurre es que, partiendo de la esencia del ser, pensada del modo adecuado y conforme a su asunto, un día podremos pensar mejor qué sea “casa” y qué “morar”.

Hay diferencia entre el ser y la casa, y es erróneo pensar que “habitar” y “casa” nos darán acceso, lugar o función especial en relación con el ser, un estatuto o conocimiento privilegiado con respecto a él. Más bien a la inversa: si pensamos adecuadamente la esencia del ser “podremos pensar mejor qué sea ‘casa’ y qué ‘morar'”.

No hay duda de que el desconcierto provocado por Heidegger se debe parcialmente a la seducción de su metáfora. Nos atrae, obviamente, la concreción y familiaridad de la imagen. Por alguna razón, asumimos la noción de bienestar y seguridad hogareña, que fue también cara al pensador alemán. En forma inexplicable, no consideramos la posibilidad de una casa incómoda o inhóspita; o de una casa con múltiples puertas, habitaciones y ventanas en la que tal vez more un inquilino hostil, tímido o burlón, que corre entre pasillos y cuartos o se descuelga entre un piso y otro (¿por qué asumir una casa de un sólo piso?). Ya seamos guardianes o vecinos, nada garantiza que el ocupante esté dispuesto a ser vigilado o cuidado o al trato cordial.

Lo anterior tampoco implica creer que la metáfora contraria nos ofrezca mejor colocación o categoría. Pienso en la versión de Fredric Jameson: el lenguaje como cárcel o prisión. En primer lugar, no sabemos si el lenguaje como lugar de castigo es una prisión de máxima seguridad, un correccional o una simple estación de policía, lugar de paso para intoxicados, rateros y alborotadores. Ignoramos, además, si la vigilancia es efectiva, suficiente e incorruptible. Finalmente, ¿por qué asumir la noción de un pecado original, de una culpa cuya sanción es recluirnos en palabras?

Como se ve, esto nos conduce al problema de los presupuestos teológicos de Heidegger y de cualquier teodicea o antiteodicea del lenguaje.  También ello suscita la interrogante sobre la posibilidad o creencia en revelatorias imágenes cotidianas, en el confort de metáforas orientadoras y sencillas..

* Notas relacionadas: El lenguaje es la casa del ser… el comentario de Derrida.

  1. 17/02/2009 a las 3:24 pm.

    Ciertamente, soy de los poetas que comulga con esa afirmación, aparte de la influencia lacaniana. También, acepto que la expulsión del paraíso fue aprender a hablar, y después de eso, lo único que buscamos, con la poesía, es derribar las paredes de esa casa-choza-jaula-prisión o al menos encontrar la puerta de salida, sin saber exactamente dónde está.

    Saludos.

  2. 17/02/2009 a las 3:42 pm.

    Víctor, lo que pasa es que los narradores somos unos morosos desconfiados, renuentes a las hospitalidades de la casa.
    Hablando en serio, me gusta lo incisivo de este post. Vale la advertencia de que te expones al paredón poético de fusilamiento.

  3. 19/02/2009 a las 11:39 am.

    Prisión o casa viene siendo, a la final, un poco lo mismo; la una para los supuestos no culpables y la otra para los supuestos culpables. En todo caso la casa es donde uno duerme y habla y sueña y come y hace caca y folla y también ve tele y lee y a veces escribe, es decir lo mimso que se puede hacer en un hotel de provincia. Por lo que creo que el lenguaja no es la casa, sino el hotel del ser (Paris Hilton dixit)
    Pero más allá de estas disquiciones teológicas, me gustó muhco este post revisionista.

  4. Víctor Azuaje
    19/02/2009 a las 2:20 pm.

    Carolina:

    La morosidad y la desconfianza son otras maneras de la queja o la rencilla contra el arrendador o arrendadores y la edificación. La exhibición de malos hábitos e inclinaciones —incumplir con los pagos o ser descortés con el casero— no impugna la tácita aceptación de un contrato ni el hecho de una construcción. Los términos de los narradores quizá entonces varíen, pero el estatuto inmobiliario y la noción de bienes y raíces permanece. (De lo que sí estoy seguro al leer tu comentario es de que no te rento cuarto sin tres meses pagados en efectivo por adelantado. No se aceptan cheques, permutas, promesas de intereses sobre saldo, tarjetas de crédito o débito, ruegos de piedad, ni letras de cambio.)

    Gustavo Valle:

    Truman Capote decía que escribía mejor en cuartos de hotel. Yo he vivido en hoteles por tres meses, máximo, y ciertamente no hay nada como olvidarse de obligaciones domésticas, y también es cierto que ciertas actividades cotidianas adquieren un especial encanto (vestirse en frente de un closet cubierto de espejos, por ejemplo). Pero con los hoteles, como con las casas, no siempre se es afortunado. En alguna ocasión me he visto acompañado de cucarachas, y en otras no me han dejado dormir los ruidos o frases trascendentes (que trascienden techos y paredes quiero decir) de enardecidos guardianes, inquilinos o vecinos del ser.

    Gustavo Solórzano:

    Parto de que la estética de un poeta no hace buenos o malos poemas. Y algunas veces sus textos mejores están en rebelión con ciertas de sus creencias o posturas. ¿No tenemos ya dos siglos románticos acostumbrados a poemas críticos, poemas que sabiéndolo o no reflexionan sobre la poesía y su relación con la filosofía? Ese es mi punto de inflexión: meditar sobre los diferentes avatares de esa reflexión. En particular, de aquellas que dan a la poesía y al lenguaje disimuladas categorías teológicas.

    Notarás que Carolina y Gustavo Valle nos mantuvieron en ellas y me quedé en el juego. No asumo una cruzada; más bien me interesa desplazar el problema. De Lacan, por ejemplo, sacudir el cierre dialéctico —pese a Žižek—; de Heidegger, ciertos resabios proféticos. Pero incluso este último ofrece oportunidades: en la Beisträge sugiere que abandonemos las metáforas sustantivas (la casa) por verbales (habitar). Quizá no sea mucho y ya algunos poetas, no tantos sin embargo, recorrieron ese camino; pero otra vez: me interesa dislocar o desplazar los términos, la excepción de la regla.

    Un abrazo.

  5. 20/02/2009 a las 8:02 am.

    Por estos lados australes, “Ser” es una reconocida marca de yogures y postrecitos lácteos.

  6. Víctor Azuaje
    20/02/2009 a las 4:04 pm.

    Gustavo:

    Tu dato hace honor a la complejidad de Heidegger. Señalo que escribes “Ser” entre comillas para recordar que Heidegger empleó además de variantes ortográficas (Seyn, Sein, seiend, etc.), recursos tipográficos como el tachar la palabra (Ser) o escribirla entre comillas, así en esta cita relacionada con nuestro tema: «si yo debiera escribir una teología, lo que me siento tentado de hacer algunas veces, no debería utilizar la palabra “ser”».

    De manera que ahora nuestra frase puede escribirse sin ser infieles a Heidegger: «El lenguaje es la casa del “Ser”». Y según tú ella puede leerse con la significación de: «El lenguaje es la casa de “una reconocida marca de yogures y postrecitos lácteos”». (Tu aporte también puede emplearse para definir redundantemente el ser, a tu involuntaria manera: el «“Ser” es una reconocida marca de yogures y postrecitos lácteos».)

    Todo esto viene a parar en que la frase “El hombre es el vecino del ser”, puede reescribirse de acuerdo contigo: «El hombre es el vecino de “una reconocida marca de yogures y postrecitos lácteos”». Y asimismo bajo tu absoluta responsabilidad se llegará a las implicaciones de la frase “Los pensadores y poetas son los guardianes de esa morada”, o a los corolarios de esta otra más comprometedora que reescribo siguiendo tu inspiración: «El poeta es el fundador del “Ser”»…

    Buena suerte con el paredón poético que mencionó Carolina.

  7. 21/02/2009 a las 6:03 am.

    Para mi defensa digo: hace falta estómago para decir ciertas cosas, y una buena forma de mantenerlo saludable es consumiendo yogures y no cereales en la mañana. Y en el caso de los yogures Ser (la cosa era en cursivas, disculpa), estamos hablando de una suerte de eucaristía (una eucaristía de kiosko, es cierto, pero eucaristía al fin), lo que hace de esta práctica algo doblemente provechoso. En todo caso, y si los vates homicidas insisten en semejante proyecto (que aquí se ha propuesto con frución y chirriar de dientes, pero que yo pongo francamente en duda), debo decir que muchas veces he soñado con esa sublime forma de heroísmo: huir de las balas del pelotón de fusilamiento, como algunos personajes de Operación masacre.

  8. 26/02/2009 a las 10:23 am.

    Es sorprendente la capacidad filosófica, ociosa y cotidiana de Víctor Azuaje. Sus reflexiones a partir del “Ser” y del Yogurt me conmovieron casi hasta las lágrimas.
    Bravo, Víctor, bravo.

  9. Víctor Azuaje
    26/02/2009 a las 2:37 pm.

    Carolina:

    Creo que estás confundida o engañada: todo este diálogo es parte de la ficción de Gustavo Valle, quien se ha hecho pasar por mí para elaborar un monólogo semi filosófico en torno a los poetas, el ser o “Ser” o Ser, casas u hoteles y el yogurt. (Queda resolver el dilema de quién escribe esta respuesta, pero ya sabes cuán falsario soy —Gustavo o Víctor o ambos.) Gracias por los ¿cumplidos? (¿ocioso yo/él?).

    Gustavo (para determinar si ese nombre es vocativo o nominativo reléase lo anterior):

    Lamento informarte(me) que sólo en la conversación literaria consumo cereales en la mañana; en la otra (pero esto es una forma literaria de hablar), el café es mi ritual. Con respecto al “Ser” o Ser (en cursivas como quieres/quiero), recordemos (vos y yo) que Heidegger también escribió un ensayo sobre la raya o línea, y que seguramente hubiera escrito uno sobre las itálicas (Gianni Vattimo dixit). De la eucaristía de kiosco, algún día contaré cómo sacaba galletas y dulces de uno de lata (el kiosco, no la caja, pero para el caso es lo mismo).
    Honras u honro la estirpe cuatrero, al darte/me a la fuga: ello te/me brindará en esta vida gran ignominia y en la otra gran renombre. No te/me preocupe los vates y su ira: seguramente se lo dejarán todo, como siempre, a la justicia poética. Haya entonces paz entre ti y mí.

  10. 26/02/2009 a las 11:23 pm.

    Si la Casa del Ser fuera un motel, tal vez ni Sor Juana ni Santa Teresa se hubieran arriesgado a escribir poesía (el “qué dirán” es más fuerte que cualquier inspiración o estro, dicen las crónicas sociales). Su contraparte: Que la Casa del Ser sea un motel nos ha forzado a aceptar la obra de Bukowski, con su patrocinio de alfombras desgastadas y aun de cucarachas. De todos es conocido que prefiero las moscas.

    Pero a lo mejor Gustavo Valle tiene razón y la Casa del Ser no es una Casa sino un Hotel del Ser. Eso permite declarar que Dorothy Parker murió de la muerte más lírica en el famoso Algonquin, Nueva York, un siete de Junio, a lo mejor de tarde.

    A mí me parece que la Casa de una reconocida marca de yogures y postrecitos lácteos más bien tiene la forma y el agite de la vivienda de los Vetriccioli en el extraordinario cuento de Fabio Morábito: “Llena de recovecos y de estrechos pasillos que de repente se ensanchaban sin motivo, parecía, más que una casa, el amalgama de muchas que hubieran terminado por darse de codazos para apoderarse del mismo lugar”. Recordarás, Víctor o Gustavo o ambos, que en ese lugar corrían de estanco a estanco los manuscritos que debían ser traducidos. Te podrás imaginar este giro metafísico: los folios que circulan por aquellos recodos a la espera de la sintaxis justa llegan a cada especialista con las manchas del “Ser”, lo que provoca algunas confusiones y hace que Kafka suene en traducción más como Roberto Arlt que como Robert Walser. En realidad no estoy seguro de que sea un giro propiamente metafísico, de hecho podría jurar que las manchas, los borrones, las tachas, los lunares y las imperfecciones tienen más de la fenomenología de Maurice M-P que de la ontología de Martin H.

    ¿Y si en verdad más que una Casa fuera una sencilla explanada? ¿Sería posible incluso postular un Zócalo del Ser, o una Plaza Mayor de una reconocida marca, etc.? En Venezuela, eso nos llevaría a concluir que el susodicho Seyn, Sein, seseind e tutti quanti no es otro que Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios y Blanco. Puedo apostar que a Heidegger jamás se le ocurrió la posibilidad de que el Ser tuviera estatua: ecuestre, pedestre y terrestre o planetaria, y su propia moneda, de libre circulación y diseñada por Barre, al menos el lado conocido en el cielo o Himmel de los arquetipos como “cara” (favor no confundir aquella palabra alemana con una griega que comienza igual pero termina en una consonante oclusiva nasal sonora).

    Quienes sí pudieron intuir la posibilidad internacional de tal planicie del Ser fueron, por una parte, Deleuze y Guattari (“Mille plateaux”, ya sabéis; es decir: mil cuadrados medulares con un monumento patrio en el centro, la alcaldía o ayuntamiento en una banda, la catedral en otra, un mercado en la otra y por último, para no dejar abierta la figura, un motel, llamémoslo “Lucifera” o “Postrecito lácteo”, por no dejar), y, por la otra parte, Octavio Paz, que al principio pensó ponerle a uno de sus libros “Portones al labrantío del Ser”, pero luego recapacitó y terminó usando el memorable “Puertas al campo”, sin más. Pero a estas alturas sabemos de quién es ese campo, a qué reconocida marca se refiere. No nos llamemos a engaños, llamémonos “Ismael”.

  11. Víctor Azuaje
    9/03/2009 a las 10:23 am.

    Luis:

    Concuerdo en que la Casa de los yogures y postrecitos lácteos debería lucir como la del cuento de Morábito, pero excluyendo la escena apocalíptica —con toda honestidad, junto a las de Quiroga y las de Eurípides en Las Bacantes, son las páginas más aterradoras que he leído. Las imágenes del zócalo o la explanada me atraen, pero agregaré con Deleuze que el lenguaje no sería ni habitación ni guarida, sino otro añadido al ser, otra cosa más en el universo (como diría Borges del poema), sin estatuto privilegiado.

    A todos:

    Mis respuestas no han pretendido ser un ejercicio apagógico contra las metáforas habitacionales, un interminable descarte de mansiones a cuchitriles metafísicos. Invocó a Heidegger para interrogar, con Badiou, “¿Qué será el poema después de Heidegger, el poema después de la edad de los poetas, el poema post-romántico?” Luis menciona a Paz, y éste sería ejemplo del efecto de Heidegger entre nosotros, ejemplo de —nuevamente Badiou— una vana “reactivación de lo Sagrado en el apareamiento indescifrable del decir de los poetas y del pensar de los pensadores”. En Los hijos del limo, Paz acota que en política se ha hecho la crítica del cielo pero no la de la tierra; obvió que en poesía la crítica de la última no ha conducido a la del primero. Muchas de sus páginas, en ese mismo libro, prescinden de esa necesaria operación inversa.

    Para Luis, de nuevo:

    Con respecto a la plaza del Ser, ¿no estaríamos mejor en una cervecería o una discoteca antibolivariana, una sin moral y sin luces?

  1. 7/01/2010 a las 12:31 pm.

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