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Mamá Blanca…

Mamá Blanca es una especie de exiliada, y como tal sólo cree en el azar y en la astucia, aunque ninguna le hayan sido fieles. La ciudad de Caracas es para ella, entonces, una inmensa calamidad, un hecho no natural pero tan alterable como los campos, los potreros y la vieja hacieda “Piedra Azul”. Mamá Blanca encarna así esa desesperanza que es la confusión entre naturaleza e historia.

Historia de mujer, naturaleza de mujer. Ser mujer es resignarse a las terribles visitas sociales, a los moñitos para simular el pelo rizado a la moda, a la separación del lenguaje de los humildes que enraiza con el Siglo de Oro, a la frialdad de un padre que se llena de niñas en busca de un hijo, y a la sintácticamente incompleta disciplina de una sirvienta trinitaria. Ser niña y ser mujer es mantener ese ciclo insuperable, sin que las muchas alegrías que proporcionan los peones humildes o los animales la lleven a ser cómplice de su anulación.

Así se inicia la novela, con la advertencia de que sólo leeremos cien reorganizadas páginas de las quinientas que escribió Mamá Blanca hacia el final de su vida, y con la presentación de la niña amanuense que la conoce cuando aún le falta mucho tiempo para los doce años. Ella y la anciana establecen una amistad basada en la bondad y apertura de la última, que lo mismo aceptaba a un vendedor ambulante que a un niño extraño —de esos que golpean cuerdas de guitarra con el mazo de una tecla.

Mamá Blanca reúne rasgos ya clásicos en ese género de abuelas adoptivas: la jovialidad que tranquiliza el ánimo, la familiaridad extrema con plantas y animales y con antiguos vecinos del lugar, la frescura de la adolescente que se fue y que está ya casi olvidada, y el trato que señala un horizonte infinito para los niños.

Pero sobre todo es la capacidad de entrar en éxtasis frente a un piano viejo, de contar musicalmente historias y de revivir situaciones y sentimientos que esperan en el futuro de otros. Esas abuelas putativas suelen ser malas iniciadoras para un régimen curricular organizado, pero maestras excelentes de la disciplina interna, de aquella que recomienda aprender el gobierno de las notas musicales, “no vengan ellas a gobernarte a ti”.

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