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La crítica del libro imaginario (iii): Borges y Machado

Se advierte que con Jorge Luis Borges y Antonio Machado la crítica literaria se yergue como método de invención. Ahora no sólo tenemos al fingido autor de un libro por todos leído, sino también el comentario detenido o superficial de una colección de escritos imaginarios. La fabulosa existencia del autor ha contaminado a la obra.

Hablemos, entonces, del apócrifo en segundo grado: el análisis fragmentario o total de una obra ausente. Porque nada impide sospechar que el autor apócrifo no ha continuado la obra: acaso recogió los dispersos apuntes escritos en el ocio dejado por las otras para rectificar, acentuar o rebatir una idea, un concepto o un argumento; para iniciar o concluir otra historia. Acaso simplemente esté cumpliendo el anhelo de todo escritor —acaso otro lo esté realizando por él—: ordenar, revisar o comentar su obra completa, lo cual es otra manera de continuarla. (Nueva extensión del apócrifo: crítica de la crítica falaz; verbigracia: disentimiento o acuerdos parciales con la hipótesis de Stephen Albert, que confiere un orden a la obra de Ts’ui Pên, El jardín de senderos que se bifurcan.) No descartemos la posibilidad —mejor aún: no descartemos ninguna— del descubrimiento afortunado de un texto perdido, de un palimpsesto en la nada, filológicamente exhumado de los manuscritos de apócrifos antiguos o recientes.

Preveo dos reparos a mis reflexiones. El primero, mi historia del apócrifo ha prescindido de las contribuciones griegas. El segundo, mi presunción de la indolencia como génesis de la crítica imaginaria depende excesivamente de la boutade de Borges.

Respecto a lo último, un lector escrupuloso puede sugerir que las reflexiones de Oscar Wilde en El crítico artista son más originales y convenientes. Originales, porque Wilde defiende la tesis de que son necesarios mayor cultura y esfuerzo para la crítica que para la creación: “Es mucho más difícil hablar de una cosa que hacerla”; tesis que igualmente excusaría a Borges y Machado de haraganería. Convenientes, porque ambos autores compartirían en forma plena la opinión de Wilde acerca de la crítica: “no se encuentra nunca aprisionada por las cadenas de la verosimilitud”, y sobre la obra de arte:

La obra de arte sirve al crítico simplemente para sugerirle una obra nueva o personal, que puede no tener ninguna semejanza con la que crítica.

Sobre los apócrifos griegos me basta decir que los judíos los superan en número, que la noción de canon les fue extraña, que mi intención no es la de ser prolijo, y que a estas notas las inspira la nostalgia que en las noches me visita cuando atisbo los afantasmados anaqueles de la biblioteca perdida en Alejandría, de los cuales alguna vez recupero un título, un párrafo, y a veces hasta dos o tres líneas, gracias a las pesquisas ilusorias del apócrifo moderno.

En cuanto a postular un distinto y coherente origen basándose en las opiniones de Wilde, diré que me parece razonable y encantador, y que creo innecesario desdeñar o rebatir conjeturas que proporcionan esa conjunción placentera. No soy condescendiente: además de seducirme poco la infabilidad, es esta o cualquier otra materia, estoy más interesado en el análisis del procedimiento de criticar libros imaginarios que en sus motivaciones.

* Notas relacionadas: La crítica del libro imaginario (i) | La crítica del libro imaginario (ii): Carlyle, Jorges Luis Borges y Antonio Machado.

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