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La crítica del libro imaginario (ii): Carlyle, Jorges Luis Borges y Antonio Machado

Listaré aquí algunos de aquellos que eligieron la exégesis o el compendio de una obra dilatada en lugar de su escritura. El primero es Thomas Carlyle, quien en el Sartor Resartus discutió la extensa obra del profesor de cosas en general Diógenes Teufelsdroeckh sobre la filosofía de la arena o de las apariencias.

El otro es Jorge Luis Borges, un eximio practicante de la atribución fingida a quien debemos, además de las noticias sobre Carlyle, amplias reflexiones sobre los problemas de esta variante del apócrifo moderno. En el prólogo a El jardín de sendero que se bifurcan anotó que incluso el procedimiento del comentario no eliminaba lo reiterativo, la escritura de libros “no menos tautológicos que los otros”. Por ello, y por confesas características personales, lo llevó a la extrema concisión: “Más razonable, más inepto, más haragán, he preferido la escritura de notas sobre libros imaginarios”; “Tlön, Uqbar y Orbis Tertius”, el “Examen de la obra de Herbert Quain” y la nota de “El acercamiento a Almotásim” son la habilidosa ejecución de esa tesis.

La confesión de Borges me brinda la oportunidad de esbozar una conjetura sobre el origen de la crítica del libro imaginario: la aplicación de la ley del mínimo esfuerzo por disminución de dos momentos retóricos: invención y elocución. Amplío mi hipótesis de la implosión de la obra: al mitigar la invención, los interminables silogismos se contraen a la tesis, y los pormenores de la historia al argumento; en consecuencia, la elocución se basta con dos o tres virtudes menores.

En el “Prólogo de prólogos”, Borges da una justificación de esta pereza literaria cuando sugiere la escritura de un libro de prólogos de obras posibles pero fallidas por las particulares características de sus temas:

Hay argumentos que se prestan menos a la escritura laboriosa que a los ocios de la imaginación o al indulgente diálogo, tales argumentos serían la impalpable sustancia de esas páginas que no se escribirán.

Así pudo disculpar la resumida presentación de su imaginario libro Teoría de Almafuerte:

Nadie debe dolerse de su condición de que no exista o de que sólo exista en el mundo inmóvil y extraño que forman los objetos posibles; el resumen que ahora trazaré puede equivaler al recuerdo que deja, al cabo de los años, un libro extenso. Además, le conviene singularmente su condición de libro no escrito; el tema es menos la letra que el espíritu de su autor, menos la notación que la connotación de una obra.

Señalo, finalmente, al otro conspicuo prácticante de la crítica de libros imaginarios: Antonio Machado. En De un cancionero apócrifo y en el Cancionero apócrifo insertó sus apostillas y ensayos críticos sobre la obra de Abel Martín y de su discípulo Juan de Mairena, respectivamente. Machado no teorizó su práctica, pero nos dejó abundantes páginas de ejemplo.

* Notas relacionadas: La crítica del libro imaginario (i) | La crítica del libro imaginario (iii): Borges y Machado.

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