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La crítica del libro imaginario (i)

Más razonable, más inepto, más haragán, he preferido la escritura de notas sobre libros imaginarios.

Jorge Luis Borges.

La literatura nos ha hablado hasta ahora de personajes de ficción. Nosotros iremos más lejos: hablaremos de libros de ficción.

Stanislaw Lem.

Hace muchos años escribí unas páginas sobre la crítica del libro imaginario. Transcribo y repito y por ello algo cambia en esas páginas.

*****

La hoy en día censurable práctica del libro apócrifo, de un texto de fingida atribución a un escritor real o fabulosa a uno imaginario, de un texto que infringe las reglas del canon, fue estimada y llevada hasta la exaperación, como tantas otras, por los escritores judíos. Títulos como La carta de Aristeas, Los secretos de Baruch o El Apocalipsis siríaco de Baruch atestiguan su repetida fidelidad a ese procedimiento, que todavía en la Edad Media era del gusto de los maestros de la Cábala: a finales del siglo XII, el probable autor del Sefer ha-Zohar o Libro del Esplendor, el judío castellano Moisés de León, lo atribuyó a un rabino palestino del siglo III.

Los herederos cristianos no renunciaron a este método para afirmar la fe, ni a introducirle complicaciones: hasta principios del siglo V fraguaron y coleccionaron los Oráculos sibilinos para el proselitismo entre helenos; en ese mismo siglo compilaron el Corpus Dionysiacum y lo atribuyeron a Dionisio Areopagita, el primer converso ateniense de Saulo de Tarso.

Conjurados por absorción los peligros del helenismo, tanto judíos como cristianos fueron desechando el procedimiento. Sin embargo, la práctica del apócrifo no fue olvidada y tuvo una aplicación variada y de consecuencias discutidas. Cervantes atribuyó la historia del Quijote al desconocido Cide Hamete Benengeli; y algún malicioso cree que el Quijote de Avellaneda fue realmente escrito por Cervantes, quien

no pudo resistir la tentación de publicar la primera (y no menos buena) versión de su novela, mediante el tranquilo expediente de atribuírsela a un falso impostor, del que incluso inventó que lo llamaba manco y viejo, para tener, así, la oportunidad de recordarnos con humilde arrogancia su participación en la batalla de Lepanto. (Augusto Monterroso en Movimiento perpetuo.)

Yo comparto esas sospechas de una repetición cervantina de la treta apócrifa, del ocultamiento de un necesario exorcismo estilístico, pero difiero en cuanto a los motivos: considero al “falso” Quijote un pretexto de la definitiva segunda parte. Cervantes ha tenido innumerables seguidores en la atribución espuria. Entre los más recientes figura Umberto Eco, quien afirma que su novela Il nome della rosa es la reconstrucción personal de una perdida traducción francesa ( por el abate Vallet) del manuscrito (en edición latina del siglo XVII por Joannis Mabillon) de un monje alemán del siglo XIV: Adso o Adsom de Melk.

Sin embargo, hoy día, cuando nadie considera honroso el anonimato, los escritores eluden el apócrifo y prefieren recurrir tímida pero seguramente a los seudónimos: tarde o temprano nos enteraremos de que Joseph Conrad vale por Teodor Korzeniosvki, Pablo Neruda por Neptalí Reyes, Gabriela Mistral por Lucila Godoy, Máximo Gorki por Alexéi Maximovich Pechkov; y de que Cándido, Arhimán y Azorín fueron los avatares del inseguro José Martínez Ruiz. O acuden, como agudización esquizofrénica del tema, a las denominaciones heterónimas, distinción introducida por el portugués Fernando Pessoa, quien, viendo en la mera caligrafía la sola virtud literaria del seudónimo, prefirió la fuga psíquica del autor a los engaños de la rúbrica:

A obra pseudónima é do autor em sua pessoa, salvo o nome que assina; a heterónima é do autor fora da sua pessoa, é de uma individualidades completa fabricada por éle, como seriam os dizeres de cualquier personagem de cualquier drama seu. (Pessoa en Poesía completa.)

Alberto Caeiro, Alvaro de Campos y Ricardo Reis son esas escriturales periferias de Pessoa.

Ahora bien, lo común a todas estas experiencias no es sólo la firme o débil intención de engaño, sino la persistente voluntad de una obra total, con sus minuciosos períodos y con sus párrafos que abundan en imágenes y silogismos, todos ellos en lucha agónica con la imposibilidad de consumir la historia o el tema. Esa imposibidad explica lo repetitivo del apócrifo antiguo, los interminables apocalipsis, cartas y testamentos. Acaso sea también la razón de que una minoría de escritores eligiera, negándose a la laboriosa escritura pero no a la atribución espuria, el procedimiento de la exégesis o el compendio de una obra dilatada. Entre ellos está Jorge Luis Borges, quien sin pudor escribió: “Más razonable, más inepto, más haragán, he preferido la escritura de notas sobre libros imaginarios”.

* Notas relacionadas: La crítica del libro imaginario (ii): Carlyle, Jorges Luis Borges y Antonio Machado | La crítica del libro imaginario (iii): Borges y Machado.

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