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Sobre formalismos poéticos y técnicos (II) (revisado)

Iniciar nuestra lectura de “Quisiera ser un número” con el título es iniciarla con un dilema: ¿introduce el título el tema o los temas del poema, o quizá sólo nombra o repite su primera línea? En el primer caso, aceptamos las convenciones literarias: el título es exterior al texto, con más “realidad” o autoridad en cuanto expresa la intención del autor.

En el segundo, sospechamos de las convenciones: el título es de alguna forma parte del texto, una repetición de una o varias de sus partes y al mismo tiempo diferente de éstas en cuanto las nombra o repite. Ya no podemos distinguir con precisión, por ejemplo, la primera línea del texto; si afirmamos que ésta reza “Quisiera ser un número”, ¿esa primera línea es el título o es la siguiente, la que de acuerdo con las convenciones inicia el poema? Tampoco podemos distinguir con precisión qué parte del texto repite el título o primera línea: ¿repite a la segunda línea en su totalidad o únicamente a la palabra “quisiera”, que aparece cuatro veces en total, si excluimos el título, o cinco, si lo incluimos?

Alguno pensará que éste es un dilema ocioso o irrelevante, pero no lo es para un texto que “Quisiera ser un número / y no una palabra . . . fórmula exacta”, que quisiera “descifrar el infinito en un teorema / sin hacerlo leitmotiv de algún verso vagabundo”. Pero el verso “Quisiera ser un número” parece eso: un verso vagabundo, errando entre el título y el texto del poema, si hacemos caso de las convenciones. El texto identifica y actúa su deseo y el obstáculo de su deseo: la fijeza y la errancia. Y lo hace con una especie de leitmotiv: “Quisiera ser un número / … / quisiera ser robot / … / quisiera ser fórmula exacta / … / quisiera ser pentium …”.

Toda lectura del poema no debe evadir esta tensión entre lo que el texto desea o dice que desea y sus maneras de resistir a ese deseo, porque la resistencia al deseo es uno de sus más persistentes temas: “Quisiera … / perder el sueño /por culpa del canal porno /no por andar buscándole razones a la soledad”. El texto nos habla de la resistencia al deseo resistiéndose a él.

He puesto al texto como sujeto del verso “Quisiera ser un número”. Notemos que la forma inicial “quisiera” es ambivalente: primera o tercera persona, yo, él o ella, ambivalencia que se resuelve en el séptimo verso con el pronombre “me”. Pero el título o línea inicial no lo aclara: no es un teorema del cual podamos derivar el sujeto que en las siguientes líneas desea. Quizá esa ambivalencia esté detrás del juicio de Miguel Marcotrigiano: “he llegado a notar varias voces. Algunas, incluso, masculinas. Así, también estaríamos ante un coro en el que cada voz se superpone a las demás, creando un desconcierto en el escucha-lector”. Agreguemos que del poema puede decirse lo que Marcotrigiano escribe sobre esa posible única persona detrás del texto: “se encuentra en constante autodefinición (o intentando autodefinirse) y por ello los tropos, las imágenes, las metáforas que pretenden delimitar la propia esencia”.

  1. Natasha
    6/04/2008 a las 4:18 am.

    Querido Víctor:

    Gracias por iluminar mi anterior interpretación que, tal como dije, la contuvo y la contendrá lo subjetivo. Esta serie de textos es un manjar para conversar sobre poética con o sin formalismos, pero como se trata de un poema que alguna vez estuvo en mi escritorio; me voy a resistir para no extenderme frente al espejo y evitar la feminización de Narciso. Sí quiero resaltar oraciones que trascienden cualquier poema.

    En el texto anterior hablamos del conflicto que comprende la resistencia y aquí discurres algo que me motiva a considerar la ambigüedad como producto de tal conflicto. En el diccionario de Marchese y Forradellas, aparece que en el plano lingüístico, la ambigüedad se produce cuando diversas representaciones profundas se proyectan en una única representación superficial (por ejemplo, la perra de Natasha: que puede ser Natasha tiene una perra o Natasha es una perra). En el sentido literario apunto lo que según Empson es ambigüedad: la peculiar dilatación semántica del lenguaje poético.

    Es paradójico que la ambigüedad se deba a varias tensiones. Tal como bien señalas: “Toda lectura del poema no debe evadir esta tensión entre lo que el texto desea o dice que desea y sus maneras de resistir a ese deseo”. La ambigüedad se resuelve a ratos con el apoyo de los pronombres, lo que denominas ambivalencia, igual que Miguel, quien sugiere una polifonía.

    Como dije, respeto la periferia del poema que examinas. Eso sí, de esta resistencia se salva mi intensión de escribir un poema sobre, por ejemplo, “El pájaro de Alberto” o “Los muchachos se cogen (los mangos de mi casa)”. Profeso también mi admiración por la densidad expresiva de frases como la machadiana “Hoy es siempre mediodía” y “Mañana en la batalla piensa en mí”, un título que Javier Marías tomó de un verso de Shakespeare.

    Un abrazo,

    Natasha

  2. Víctor Azuaje
    7/04/2008 a las 10:20 am.

    Querida Natasha:

    Me alegra que se haya aclarado algo mi aproximación al texto. Sobre la ambigüedad o ambivalencia en tu poema vendrán más comentarios.

    Otro día conversaremos sobre Empson, cuyo libro sobre la ambigüedad sigue siendo uno de mis favoritos (obviamente por su análisis a propósito de la temática del sacrificio).

    Saludos al pájaro de Alberto y a los muchachos…

    Un abrazo y suerte,

    Víctor

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