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El sueño de Nabucodonosor (VI): venganzas de súbditos

Alas interpretaciones seculares modernas —que estemos seguros Nabucodonosor hubiera juzgado meras excusas— les interesa más comprender la intención del esquema de Daniel que sus aciertos históricos, más las motivaciones de los intérpretes que la profética combinación de aleaciones y metales. Así, Joseph Ward Swain declara que la oposición del Oriente al poderío del imperio griego de los Seleúcidas favoreció la identificación de éste con el cuarto miembro de la sucesión metálica: desde Persia hasta Egipto se anhelaba que un quinto imperio —de dioses o de hombres— aniquilara a los conquistadores occidentales. Idéntico motivo, continúa Ward, impulsó a los cristianos a darle a Roma el cuarto lugar en el esquema: la destrucción del águila imperial, de los centuriones blasfemos y de los circos intolerantes era tarea prefijada al último reino, el de la segunda venida gloriosa del Cristo y sus ejércitos de los cielos.

En las variables identidades del cuarto reino, Ward adivina entonces el resentimiento del súbdito, el desprecio por el invasor y la mezcla de temor y venganza que alienta a las rebeliones. Ve en ellas la necesaria justificación de un anhelo y un ineludible método de propaganda: para cualquier rebelión o desidencia es indispensable poseer la seguridad que brinda un orden prefijado y favorable a nuestras acciones.

La explicación de Ward postula que la comprensión de las variantes interpretativas requiere la del espíritu de la esclavitud y la insurrección. Los esclavos y los rebeldes condensan en una imagen las renuncias, las muertes y las derrotas que inexorablemente vengarán los infortunios de su secta, grupo o nación. Para el desterrado Daniel, la imagen fue Babilonia; para los Macabeos, los Seleúcidas; para los primeros cristianos, la Roma imperial; para los cristianos posteriores, la Roma del papado.

He calificado de moderna esta interpretación; con ello afirmo que nuestra época le da su casi natural asentimiento. Creemos que los propósitos circunstanciales de los intérpretes guiaron su visión de la historia humana. Es decir, para nosotros, hombres del siglo XXI, la serie de los metales y la estatua de Nabucodonosor revelan menos la historia del mundo que el ocaso o el súbito declive o sujeción de una nación o reino, sea Judea o el de los descendientes de Alejandro.

Pero la duda no es nuestro privilegio. Ya en el siglo tercero de nuestra era, el filósofo neoplatónico Porfirio sostuvo, según leemos en el Comentario sobre Daniel de Jerónimo, que las predicciones de Daniel, en especial en el capítulo 11, no eran más que textos propagandísticos fraguados por el movimiento macabeo para alentar el espíritu heroico entre los patriotas judíos en contra del helenizante Antíoco IV. El filósofo neoplatónico y anticristiano juzga cualquiera de las profecías de Daniel como vaticinium ex eventu: una predicción de eventos ya cumplidos. Para Porfirio, tan moderno como Ward o como cualquiera de nosotros, las palabras del profeta no son sino otro rencoroso documento de las inacabables revueltas judías.

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