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Un poeta limitado…

Octavio Paz no es mi poeta favorito. Algún día mi espíritu quizá pueda amar su poesía. Mientras tanto, sus ensayos seguirán siendo lo que admiro y releo de su obra. En uno de esos recorridos, encontré este pasaje de su trabajo sobre López Velarde:

Poeta escaso, concentrado y complejo. A estos tres adjetivos hay que agregar otro: limitado. Sus temas son pocos, sus intereses espirituales, reducidos.

Paz explica su dictamen. Seré injusto y extraeré algunos razonamientos:

La historia está ausente de su obra. . . . Tampoco aparece el conocimiento y sus dramas: jamás puso en duda la realidad del mundo o la del hombre. . . . Las relaciones entre la vigilia y el sueño, el lenguaje y el pensamiento, la conciencia y la realidad . . . apenas tienen sitio entre sus preocupaciones. Sentó a la belleza en sus rodillas, pero ¿la “encontró amarga”? En todo caso, no la maldijo. No renegó ni profetizó. No quiso ser Dios ni sintió nostalgia por el estado bestial. No adoró a la máquina ni buscó la edad de oro entre los zulúes, los tarahumaras o los tibetanos. Excepto en un poema de hermosa violencia (“Mi corazón se amerita…)” la rebeldía no lo conmovió. Su poesía no quiere “cambiar al hombre” ni “transformar al mundo”. . . . Lo que desveló a Marx, a Nietzsche o Dostoievski, a él no le quita el sueño. En suma, es ajeno a casi todo lo que nos agita.

Hay casi un reproche en estas palabras. Paz ve una paradoja en que López Velarde sea un “poeta nacional”. Y la explica por el lenguaje, “creación inimitable” del poeta, con el cual “descubre que la vida cotidiana es enigmática”.

Declaro mi desconcierto. En primer lugar, no veo la limitación de López Velarde. Me parece un poeta extraordinario, justamente porque deja de lado lo que Paz llama los “temas constantes de la poesía moderna, desde el romanticismo alemán”, lo que no es cualquier abandono.

Y por ello mismo veo sumamente natural o lógico —si esas palabras tienen aquí sentido—, que descubriera los enigmas de la vida cotidiana con el lenguaje que desvió de rebeldías, de edad de oro y de máquinas adorables y de cambios de hombres o mundos y de relaciones entre sueño, realidad, pensamiento y conciencia. ¿Intereses espirituales reducidos? ¿Por qué obviar los temas de la poesía moderna e interesarse por la vida cotidiana es limitarse? ¿Donde está la contradicción?

El texto de Paz desata, ahora, mi admiración por López Velarde. Y me recuerda que ella está sujeta a futuros desconciertos y desacuerdos, como estos que muchos años después tengo con el autor de Cuadrivio.

  1. 28/02/2008 a las 11:26 am.

    Dear compadre:

    Las opiniones de Paz se basan en un sentimiento reiterado varias veces: como otros, Paz se sintió en su juventud “desalojado del presente”. Ese tal exilio, cuyo resarcimiento supone acatar los desvelos de Marx, Nietzsche y Dostoievski, le parecía la condición permanente de alguien como López Velarde. La poesía cotidiana y aparentemente ahistórica de López Velarde es el recordatorio de aquella “maldición”. En definitiva, el comentario de Paz revela los fundamentos de su proyecto intelectual: ser “absolutamente moderno”, como pedía Rimbaud, para lo cual era necesario presentarse, casi absolutamente, como un vanguardista europeo. Las objeciones de Paz podrían emplearse para describir buena parte de la mejor poesía norteamericana que él mismo admiraba; y sin embargo…

    Pascale Casanova ha escrito sobre lo que ella llama “la república mundial de las letras”, noción que puede ser discutible a la vez que útil; la presencia de Paz allí es fundamental. Ese sistema no se basa precisamente en la justicia. El desconcertante comentario de Paz podría explicarse, entonces, como un dispositivo de política literaria. Su arbitrariedad no entorpeció su éxito, como lo prueban los reconocimientos. No digo que la compulsión de la modernidad haya sido para Octavio Paz una urgencia amañada, pero su honestidad es aquí puramente adventicia. Así funciona, de hecho, la literatura.

    Sigo sin admirar la poesía de Paz. Muchos ensayos suyos me parecen todavía admirables. Sus traducciones, claro, son una maravilla.

  2. Víctor Azuaje
    29/02/2008 a las 9:40 am.

    Dear Herrmano Espiritual (aprecia la ambigüedad de la frase):

    Me alegra saber que tus deberes con el Tagebuch te dejan tiempo para leer a otros. Concuerdo en que Paz quería ser moderno —decisión algo redundante, ciertamente, esa de ser hombre de su época. Tengo mi dudas sobre lo de que su “honestidad es aquí puramente adventicia”; quizá es el adverbio “puramente”, que no deja casi siempre lugar para los matices. Quiero decir las variantes que merece tu comentario.

    Sin esas variantes, casi repetiríamos el juicio de Paz sobre los modernistas hispanoamericanos cuando hablan despectiva o condenatoriamente del progreso: Baudelaire tiene al respecto una experiencia “original”, mientras que los hispanoamericanos una derivada. El juicio no toma en cuenta que el contraste entre provincia y capital pudo dar lugar en López Velarde a experiencias análogas —así como pudo serlo para Paz, junto con el contraste entre México y Estado Unidos o la más distante Europa.

    Ese creo es el punto en que la compulsión de Paz, como dices, no es “urgencia amañada”. Hay una experiencia semejante en el contraste entre progreso y tradición que percibía y todavía percibe un provinciano hispanoamericano visitando la capital de su país, y entre lo tradicional y lo moderno que percibía y todavía percibe un hispanoamericano visitando las grandes ciudades de Estados Unidos o Europa. Una experiencia a la que Paz fue en lo personal ciego —y ello a pesar de su experiencia en Yucatán—, y por ello no vio que sus argumentos podían reflejarse en cierta poesía y arte norteamericano y su “tradición de lo nuevo”.

    Un abrazo…

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