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El sueño de Nabucodonosor (II)

Perturbado por un sueño que adivinaba inusual, el rey Nabucodonosor pidió a los principales magos y astrólogos de Babilonia que lo interpretaran. Impuso, sin embargo, un requisito sorprendente: la narración del sueño debía preceder a la interpretación.

La petición luce arbitraria. Para explicarla, hay quienes entienden que el perturbado Nabucodonosor olvidó el contenido del sueño e invocan la frase “y su sueño se huyó de él”. Otros intuyen una razón menos circunstancial y más digna de un príncipe: la sospecha de respues­tas falsas o ambiguas. “Ciertamente —dice Nabucodonor— preparáis respuesta mentirosa y perversa que decir delante de mí, entre tanto que pasa el tiempo. Decidme pues, el sueño, para que yo sepa que me podéis dar su interpretación”.

Dignos también de la suspicacia y carácter de un príncipe son los términos de la petición, que suprime las excusas: “Si no me mostráis el sueño y su interpre­tación, séreis hecho pedazos, y vuestras casas serán convertidas en muladares”. Para todos los sabios y magos de Babilonia, la solicitud del rey era pues, además de inesperada, mortal.

Pero entre los condenados se encontraba un sabio de escasa jerarquía: Daniel, un judío educado para servir en la corte de Babilonia, a donde había sido desterrado por la airada voluntad de su Dios y la incompetencia militar y política de los reyes de Judá. Daniel se presentó ante Nabucodonosor y le pidió tiempo para hallar la interpretación, que el rey le concedió. Ya en su casa, el judío invocó al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, para que lo salvara en tierra extranjera.

La súplica fue escuchada: “el secreto fue revelado a Daniel en visión de la noche”. El cautivo recibió en sueños los detalles de otro sueño o del sueño de otro o de su mezcla imprecisa y también de su simbolismo. Dueño del secreto, Daniel se presentó ante Nabucodonosor y le recordó, o le descubrió, el sueño que lo perturbaba: había visto una estatua con cabeza de oro, pecho y brazos de plata, vientre y muslos de bronce, piernas de hierro, y pies en parte de hierro y en parte de barro cocido; después, una piedra era arrojada a los pies de la imagen y la destruía.

Daniel, luego, reveló la interpretación. La sucesión de metales de la estatua representaba los diversos reinos o imperios que lucharían por el dominio del mundo, de los que el de Nabucodonosor era el primero: la cabeza de oro, Babilonia. La piedra lanzada a los pies de la imagen era un reino levantado por el Altísi­mo, que desmenuzaría a los demás y perduraría para siempre.

* Notas relacionadas: El sueño de Nabucodonosor (I) | El sueño de Nabucodonosor (III)

  1. ELISA ZEEVAERT
    23/09/2009 a las 12:21 pm.

    Los hombres podemos tener muchas interpretaciones de las circunstancias que nos suceden, sin embargo, sólo es Dios quien nos revela su verdadero significado, debemos estar en contacto con Su Espiritu para actuar conforme a El

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