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El sueño de Nabucodonosor (I)

No sea hallado en ti quien… practique adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero, ni encantador, ni adivino, ni mago, ni quien consulte a los muertos.

Deuteronomio 18:10-11.

Casi todos nosotros hemos padecido el desvelo por causa de nuestros más temidos sueños. En las noches infantiles del dulce y atormentado Charles Lamb, ese terror adquirió las formas y maneras de la adivina de Endor al momento de invocar a Samuel, según la mostraba una persuasiva lámina de la Historia de la Biblia de Stackhouse. Muchos años más tarde —quizá después de su corta estadía en un manicomio o tal vez después de que su hermana Mary apuñalara a su madre—, Lamb meditaría sobre el origen y las formas de nuestros terrores nocturnos.

Creyó, por ejemplo, que esa clase de miedo era de naturaleza estrictamente espiritual y que su fuerza era proporcional a su irracionalidad. Juzgó que los monstruos oníricos y los tormentos que nos infligen no requieren del cuerpo, y que para la mente de un hombre es más temible la idea de un espíritu incorpóreo que lo sigue que la de todos los demonios de Dante. Afirmó también que la solución del misterio de los sueños “proporcionaría quizá un conocimiento probable de nuestra condición anterior a la creación del mundo”.

Lamb reformuló así una creencia que de tan antigua y extendida todavía hoy la creemos verdadera: los sueños, a pesar de su caótica apariencia, reflejan de una manera secreta nuestro origen y destino. Una creencia a la que casi siempre acompaña esta otra: existe un texto que cifra los sueños humanos o divinos.

Así, para los hindúes el mundo es el producto de uno más de la infinita y monótona serie de sueños de Brahma, y los Vedas y sus comentarios explican cómo esos sueños, cuya duración se mide en millones de años, se suceden periódica e ilusoriamente unos a otros. Para judíos y cristianos, Dios prefiere revelar en las visiones de la noche los detalles de una vida o la de todos los hombres. Esos detalles son parte de un plan que tal vez no es menos arbitrario que el de Brahma, pero nos dicen las Escrituras que no hay azar en nuestra historia y que nuestro destino no es interminable ni circular. Libros como el Apocalipsis de San Juan anuncian la sencilla configuración de nuestro irrepetible destino cósmico: una ciudad celestial o un lago de fuego.

El ejemplo más complejo e ilustre de revelación onírica en las Escrituras es tal vez el del rey babilónico Nabucodonosor. La voz unánime de los intérpretes a través de los siglos —Bruno el astense; Joaquín, el abate de Calabria; Nicolás de Cusa en sus conjeturas relativas a los últimos días; Joseph Mede en su Clavis Apocalyptica; Sir Isaac Newton en sus Observaciones sobre las profecías de Daniel y el Apocalipsis de San Juan— asevera que en ese sueño está toda la historia de la humanidad: la suerte de guerras, sitios y batallas; la sucesión de reinos e imperios, y la muerte y la destrucción final.

Esta es la posición clásica, sustentada por las palabras del profeta Daniel a Nabucodonosor, rey de Babilonia, hace dos mil quinientos años. Yo, ahora, quisiera diferir de la opinión ortodoxa y ya intemporal. Sé que para muchos va a parecer insensato, incluso ridículo, otro ejercicio anacrónico de la superstición en el inminente fin del mundo. Para mitigar entonces el pasmo, la burla o la conmoción, mantendré lejos de mí tanto las alarmas escatológicas como el propósito de inducir conversiones apocalípticas, tan de moda ahora como en los días finales del primer milenio.

Se me dirá que es una restricción fácil: estamos en el año dos mil ocho de la era cristiana y el peligro de nuestro fin, aparentemente, ha pasado. Pero recuerdo que el calendario gregoriano ha restado años al cómputo de los siglos y que, según la cronología del arzobispo Ussher, el Cristo murió en una oscurecida tarde de la Pascua del año 4004 de la creación del mundo. No sabemos en qué imprecisiones incurrió a su vez el paciente Ussher y cuán más exacto es el cómputo de los cielos en la determinación de la historia del mundo.

Repito que mi actitud no es, por ejemplo, la de Émile Zola, quien en 1899 esperaba una catástrofe y el fin de todas las cosas. Tampoco es la de Léon Bloy, quien aguardaba, en 1870 y en 1874, que el Señor bajara y consumiera con su fuego toda la corrupción humana; y quien todavía en 1915 creyó estar “au seuil de l’apocalypse” (“a la puerta del apocalipsis”).

Mi propósito es mucho más simple y modesto: quiero enumerar esas alarmas y comprender la fe que los hombres han puesto en ellas. Para los detalles, remito al libro de Daniel, capítulos 2 y 4 de la versión de Cipriano de Valera y Casiodoro de Reina.

* Notas relacionadas: El sueño de Nabucodonosor (II) | El sueño de Nabucodonosor (III).

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