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La imaginación atrofiada (I)

Uno de los primeros hábitos que adquiere un lector voraz es el de juzgar un libro por los ineludibles comentarios de la editorial. Claro que es un hábito que permite a los iniciados sobrevivir a la ingente actividad de las imprentas. Pero las consecuencias de su perduración son nefastas: por él se llega a dudar del propio criterio y comprarán libros aborrecibles o no se leerán los desafortunadamente comentados. La duda, casi siempre, la provocan aquellos comentarios que se contradicen o contradicen el texto. Un ejemplo me lo proporciona la nota editorial a La imaginación atrofiada:

Miguel Ángel Campos ofrece en este libro curiosas dimensiones del problema de la identidad cultural de América Latina… estos ensayos se estructuran con base en la relación del universo de lo colectivo con la mirada personal de autores como Twain, Melville, Murena…

Después de haber leído la obra, mi acuerdo con el primer dictamen es completo, pero confieso mi perplejidad ante el segundo. Quisiera razonar esa incomodidad.

Ambos son, a primera vista, bastante disímiles: el tema declarado de uno es Miranda y las fuentes temáticas de la literatura norteamericana; el del otro, «Los sertones»: la composición secreta. Sin embargo, me atrevo a sugerir la íntima afinidad de su estructura: una introducción histórica —más extensa en el caso de Miranda—, un análisis del autor, una presentación de las resonancias literarias y sociales de su obra, y un dramático detalle final. El párrafo liminar de cada ensayo expresa, además, la clara preocupación sociológica de Campos:

La impresión de los Estados Unidos consignada por Miranda en su diario de viajes, es la primera observación detenida, de importantes implicaciones socioculturales, hecha por un hispano de la Ilustración.

Los Sertones, de Euclides da Cunha, no es un libro, es una monstruosidad. Poco ha dicho la sociología y aun la literatura latinoamericana sobre esta creación.

Una volunta anónima ha decidido que los paralelismos sean más hondos: Miranda es un militar que registra sus observaciones de viaje; da Cunha es un boletinero del ejército que escribe «un poco para constituir la crónica legal de una acción de gobierno. Las notas de Miranda están en función de la independencia hispanoamericana, y las de da Cunha quizá sólo intentan la sociología de una región brasileña; sin embargo, algo las asimila: sus observadores privilegiados.

Campos dice de Miranda: «el extraordinacio valor de su Diario de Norteamérica radica en el enfoque casi antropológico, donde se descubre a los ojos de un compendiador inteligente toda la riqueza de planos de un escenario en formación»; a da Cunha lo presenta como «diestro espectador» y «como un compendiador inteligente, con gran sentido del ajuste entre hombre y naturaleza»; Miranda, como enciclopedista, tiene la actitud «para captar lo relevante y lo minúsculo dentro de la diversidad»; el juicio sobre da Cunha enfatiza las semejanzas entre los dos espíritus: «El espíritu positivista, al igual que el enciclopedista, es seducido por la tendencia a la ilustración, pero ésta, antes que compendio de saberes, es un ambos casos una fascinación ante la supuesta, intuidad unidad de la naturaleza». No obstante, Campos observa diferencias: el ensayo sobre Miranda recalca la prejuiciada óptica del caraqueño en sus observaciones; el de da Cunha, la reluctancia del brasileño a emitir juicios sobre los eventos y los personajes.

Una última referencia común: Sarmiento. En Miranda, porque igual que el argentino «interpreta la noción de confort anglosajona»; en da Cunha, porque realiza análoga labor histórica aunque no exhiba una tesis de explicación, y porque el «Facundo es el antecedente orgánico evidente». Ambos, también, difieren de Sarmiento: éste fue capaz de ver históricamente su época; Miranda careció de tal visión; da Cunha, acaso por incredulidad, se limitó a la enumeración de una realidad que somete al espíritu, por lo que de sus registros no puede deducirse «el confort de un mundo». Los tres, sin embargo, fueron observadores privilegiados por sus características personales: amplia cultura y perspicacia para los detalles relevantes; a los tres les fue dada una percepción original de hechos que revelan nuestra identidad.

Llegó así al propósito de estas líneas: la mirada personal de estos ensayos no es la de Twain, Melville o Murena, sino la de Francisco de Miranda y Euclides da Cunha.

Campos intuyó —llamaré así a la ausencia de silogismos probatorios— que el problema de la identidad cultural latinoamericana latía en las observaciones de Miranda y da Cunha. ¿No es acaso ese problema el de cómo han mirado y miran los americanos, el de nuestra original, lúcida, distorsionada o cómica capacidad de observación e interpretación?

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