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La afición de la literatura

Si hay algo que le resta o quita importancia a la literatura son mis ya poco frecuentes partidas de ajedrez. “Día a día vivimos la vida; no la escribimos: escribir, se mire como se mire, no es más que una parte de la vida” escribió Seferis, y mis adversarios me lo recuerdan sin misericordia.

A veces en la espera de un movimiento calculado, previsto y eficaz (que hay que diferenciar de los calculados, previstos e ineficaces; o de los impensados, imprevistos y sin embargo eficaces; o de los calculados, pero no se sabe por qué imprevistos y sin embargo eficaces…) alguno de ellos o de los observadores me pregunta en qué trabajo o a qué me dedico o qué otra cosa hago en el tiempo libre. A la reticente respuesta “la literatura” o a la más vaga “leer”, que doy de acuerdo al oponente y su grado de concentración —o del mío—, le sigue obligada la otra sobre mis gustos o la simple “¿qué lees?”. (Todo depende de las complicaciones en el tablero: hay jugadores descuidados y hay los aparentemente descuidados y que con su apariencia buscan que uno se descuide.)

Casi invariablemente menciono a Borges, quien está en el rango de los autores recientes, muertos y por ende ya clásicos. Hasta el sol de hoy, no llegan a cinco los que lo han leído y un poco más los que han sabido quién es el tipo. (Pero tal vez el silencio subsiguiente se deba a que he respondido al tiempo que realizo mi próximo movimiento, ineficazmente calculado la mayor parte del tiempo, aunque no por apariencia, ni creo que por descuido.) A la perplejidad sigue la pregunta sobre la nación de origen, y con mi respuesta viene el invariable comentario: “¡La patria adoptiva de Najdorf!”. Y pasamos así a la siguiente jugada o las bondades de la variante que el gran maestro judío-polaco-argentino ideó.

En fin, para la inmensa mayoría de mis adversarios la literatura es sólo eso: otra afición, otro pasatiempo mío. Nada que los afecte, los preocupe o sin lo que no puedan vivir —el trabajo, cuando mucho, de otro. Y gracias a ellos recuerdo el verso de Guillermo Sucre: “Para empezar: no moriremos de poesía”.

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