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Sobre dioses múltiples y únicos

En un ensayo inconcluso sobre la responsabilidad última de nuestros males, George Santayana esboza una versión del monoteísmo que conduce a una metafísica pluralista: Dios como primus inter pares. Es decir, un Dios que padece los inconvenientes de compartir con otras voluntades la responsabilidad de gobernar el universo.

Santayana observa que una consecuencia de esa pluralidad es que la conjunción de personalidades, accidentes o voluntades se convierte así en la verdadera fatalidad o naturaleza de las cosas. En la nota al final del manuscrito, sugiere continuar el ensayo demostrando que tal diversidad no es digna de odio y que sólo el azar de las conjunciones y la economía indirecta de las cosas debe ser responsabilizada por cualquier desarreglo del mundo.

Mi interés no es continuar esa teodicea pluralista. Quiero más bien señalar que una consecuencia indirecta de esa metafísica es la revelación de que lo dicho o argumentado sobre un dios es válido para una multitud de ellos y a la inversa —respecto a la multitud, es irrelevante el sistema que la rija. Ello evidencia una de las ventajas del monoteísmo: reduce cualquier argumento sobre la naturaleza divina a un común denominador.

¿Ejemplos? La prueba de la existencia de un dios único basada en el argumento del diseñador inteligente es igualmente útil para quienes creen en una comunidad organizada de inteligencias infinitas e ilimitados poderes. Y cualquier argumento a favor o en contra de la bondad del dios monoteísta puede aplicarse a cualquier mal intencionada o benevolente asociación de dioses.

En general, la lógica de los ataques y defensas al dios de judíos o musulmanes y al triunvirato cristiano no se altera, incluso aunque éste último navegue entre dos aguas. Es decir, no se altera incluso si vemos a la Trinidad como un azaroso reparto clientelar. Incluso si asumimos, con ciertos gnósticos de los primeros siglos, que el dios bueno, el instigador maligno y los ejércitos celestes fueron un asunto echado a suertes entre los ángeles a fin de organizar el cosmos; si asumimos al Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, junto con Satán y las jerarquías angélicas, como resultado de un burocrático bingo celestial.

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