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Adela obsesiva (3)

El sucesivo desgaste de los diagnósticos intensifica la conciencia de la enfermedad. Adela va descubriendo inútilmente el mecanismo de la infección: Vargas, más que la causa, es el síntoma; más que el dolor, el remedio. Él cura su rechazo a la imprecisión, a lo indefinido. Sin él, debería enfrentar el hastío, el vacío interior. El dominio sobre ella, la sumisión al otro, no son sino las formas de alcanzar el olvido de sí misma: “Necesito la posesión. Si me poseen, mientras dure cuanto configura la pasión, estaré a salvo”. Marta Lynch expone la versión femenina del apotegma lacaniano: el hombre es el síntoma, la señal de incompletud o insuficiencia: “Si Vargas desaparece, ¿qué me propone usted que haga con mi vida?” El otro también es síntoma del fallo de nuestra omnipotencia: “Lo peor es reconocer que el Otro vive y se maneja en una dimensión propia dentro de la que sobramos”.

Adela progresivamente va descubriendo que su “terror de la muerte y el cese de las expectativas no provienen sólo de Vargas”. Progresivamente va despojando a la relación amorosa de lo superficialmente neurótico y se va adentrando en lo que de irresoluble tiene su existencia. Pero el conocimiento no cura. Ese sentimiento doloroso, que al final descubre que no es amor, es preferible a las opciones que brindan la normalidad con su hastío: “Si Vargas desaparecía, yo volvería a la normalidad. La normalidad también equivale a la nada; pero en la nada no se sufre, se pierde ese privilegio atroz del sufrimiento”.

Tal vez lo único coherente con el sicologismo de la novela, excesivamente quizá, sea el que Adela elija el sufrimiento: los estremecimientos que le provoca Vargas son el residuo de su infantil familiaridad con el desprecio y el maltrato. En este aspecto, se le puede reprochar a Lynch que su personaje exagere lo pavloviano y que confiese que “Vargas encajaba como una bisagra perfecta y aceitada en los terrores que me manejaban desde aquellos días neblinosos cuando la niña recibía arbitrariedad, reticencia, temor”. Puestos a elegir destinos a partir del sufrimiento, las alternativas son innumerables —Jack el Destripador y Hellen Keller supieron de otras formas, mejores o peores—; la martirización como avatar no se sigue necesariamente de una historia de maltrato infantil.

Adela concluye entonces que en su obsesión por Vargas se oculta el horror vacui. Pero Vargas es para ella más que lo que llena el vacío: es lo que aleja la conciencia de él: “Nadie nunca consiguió estimularme más. Nadie calmó mejor el horror acostumbrado, la pavorosa inseguridad con que me muevo”. Un estímulo cualquiera basta por consiguiente para equilibrarse sobre el abismo y favorecer el reposo del espíritu. “Si Vargas desaparece, ¿qué me propone usted que haga con mi vida?” A la hora de equivalencias narcóticas, valen igual el hachís, el alcohol, el escribir novelas, el bordar tapices o un ser humano: cualquiera sirve como puente para la deserción de sí mismo.

De manera que Adela encuentra en el fondo de la tragi-cómica obsesión amorosa, finalmente y quizá por cansancio, la fuga perpetua del fondo insondable que somos para nosotros mismos. Nietzche afirmó que la voluntad humana necesita una meta y que “prefiere querer la nada a no querer”. Adela, sin capacidad para vivir desde lo infundado, invierte a Nietzsche y elige anularse a sí misma: “Entre la pena y la nada, siempre elegiré la pena”.

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