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Adela obsesiva (2)

Vargas multiplica entonces los signos de su poderío: cuando conversa con Adela “su voz muy dulce se mezcla a la campechanía confianzuda de quien trata a un inferior”. Y, sin embargo, en las relaciones íntimas, cualquier iniciativa de ella ocasiona que él actúe como “una mujer defendiendo su virginidad”. Este mandamás sólo puede desempeñar su función sexual, y parcialmente, cuando la mujer reprime sus deseos, cuando acepta la sumisión y simula una retirada que permite “violentar, atropellar”: en casi dos años habrá sólo tres encuentros sexuales totales y breves, y en ninguno de ellos Adela experimentará el orgasmo.

Pero ni humillaciones, ni insatisfacciones, ni la sospecha de impotencia o de vicios secretos logran que dé un paso fuera de la relación. La supremacía del furor amoroso obvia las carencias y las certezas, las revelaciones en los intervalos de la lucidez. Dicho en otras palabras, su martirio no la obnubila, no por completo al menos: sabe lo que tiene que hacer y se enumera el método para “recuperar la dignidad, mi libertad, sentirme una mujer valorizada, olvidar mi condición de objeto, advertir —aunque tardíamente— un indecente uso de mí misma”. Pero su razón, incapaz o cómplice, se inhibe de llegar a las últimas consecuencias, no desmonta el mecanismo de la exasperación vertiginosa. Adela se acomoda a su crisis perpetua, desconcertada por “cómo puede cultivar un ser humano tan complicados mecanismos de negación, ceguera y cerrazón absoluto”.

No obstante, su rigor discursivo descubre una antigua justificación para la avidez de exceso: “el amor es una enfermedad”. Inmediatamente los topoi de la manía amorosa inundan El Informe bajo Llave. Adela en su desesperación sólo quiere de Vargas las vísceras, ya que lo ama con las suyas; comienza “a vivir percibiendo esa curiosa presencia de cada órgano, de cada movimiento sutil” porque él “ha reemplazado holgadamente cerebro, corazón, sentimientos, sangre, vagina, útero, capacidad de placer y satisfacción”.

La reducción orgánica del sentimiento es paralela a la concepción del otro como doble: Adela se emociona y trastorna cada vez que recibe “la visita de ese hombre que era mi réplica”; y confiesa sin titubeos: “no me era ajena la convicción de que Vargas y yo nos asemejábamos como una serpiente a una culebra, como un halcón a una paloma, como un lince a un pantera”. Pero ese doblamiento también es ilusorio: entre la igualdad de los predadores se cuela la subyugadora y vejatoria posición masculina, la desigualdad del cazador y la presa, del halcón y la paloma.

Adela modifica en consecuencia su hipótesis e introduce la noción del desvarío por semejanza: a Vargas “lo sacaba de quicio nuestra semejanza para emocionarnos y quizá para desear”; y si ella toda rejuvenece o decae al escuchar su voz, él también parece “padecer la misma enfermedad”. Este planteamiento, sin embargo, no explica por qué el mismo sentimiento permite a Vargas establecer el horario de encuentros, la suspensión inadvertida de cualquier cita, la ausencia por tiempo indefinido, el silencio del teléfono, la comunicación intermitente a través de subalternos; ni por qué es el único que obtiene satisfacción en la cama, mientras que Adela debe aprender a perdonarlo y soportarlo todo —aunque ella, en verdad, lo sabe: “si no perdonaba estaba en las mismas; o en peores”. Así, en los intervalos lúcidos, la máscara que adorna la conjetura del doble se resquebraja, y Adela finalmente se confiesa, resignada, “cuán tragicómico es llamar fusión a la cópula amorosa ”.

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