Irrazonables razones en el escribir y leer

5/10/2011 Deja un comentario

En el origen de toda obra intelectualmente brillante hay razones intelectualmente injustificables. El 17 de febrero de 1846, Kierkegaard publicó las notas de Johannes Climacus a sus Migajas filosóficas. Con ello finalizaba un período de casi cinco años de escritura seudónima, que incluyó libros como O esto o lo otro y también El concepto de la angustia.

Uno los motivos de esa producción febril fue la certeza de una muerte inminente. Kierkegaard estaba convencido de que moriría a los 33 años, es decir, poco después del 5 de mayo de 1846. Tal certeza no derivaba —o sólo derivaba parcialmente— de una fanática o egolátrica imitatio christi, de una indebida comparación con el Redentor, sino de un hecho más cercano y ominoso: sus dos hermanas había muerto a esa edad.

El razonamiento es deleznable —el lazo de sangre, la repetición temporal—, pero por casi cinco años impulsó a Kierkegaard a concretar un proyecto filosófico y literario. No sabemos qué líneas de ese período le debemos. Y así, sabemos que nos asecha en las que Johannes Climacus magnifícamente socava los fundamentos de la dialéctica hegeliana, pero ignoramos en cuáles se mezcla la brillantez intelectual con lo arbitrario y lo baladí del supersticioso temor y temblor a una muerte injustificablemente programada

Necio tirano

27/09/2011 2 comentarios

Nunca nadie es superior ni exterior a aquello de lo que se aprovecha: el tirano institucionaliza la necedad, pero es el primer servidor de su sistema y la primera víctima instituida; siempre es un esclavo el que manda a los esclavos.
Deleuze.

La frase “le tyran institutionnalise la bêtise” también puede traducirse: “el tirano institucionaliza la estupidez”. En ese pasaje de Diferencia y repetición, Deleuze distingue “bêtise” de “bête” (animal), pero uno a veces tiene sus dudas.

Duda melódica

26/08/2011 Deja un comentario
Yo siempre escribo en tono de duda: no sé sostenido mayor.

“I will survive” o el fin del mundo para violín y piano

20/05/2011 2 comentarios

Cada cierto tiempo, se anuncia el tiempo del fin o del fin de los tiempos. Mañana, 21 de mayo, es el preámbulo del Juicio Final, que según un grupo de creyentes tendrá fecha definitiva en octubre. Seguro habrá un momento final, pero mientras tanto recordemos a Gloria Gaynor y su “I will survive” o, más exactamente, una muy irreverente versión para piano y violín.

Sobre escritura efímera (Blogs, Twitters, Facebook)

19/02/2011 3 comentarios

Leo con frecuencia y con vergüenza y temor que algunos
no escriben en Facebook o Twitter por su carácter efímero. Luego me di cuenta que estos amantes de la escritura intemporal ignoran o pasan por alto que un CD alcanza en el mejor de los casos 15 años de vida y que un sitio web dura tanto como su mantenimiento o el pago de la cuota del servidor. A eso llega la eternidad en el universo electrónico.

Me digo entonces que quien quiera lo imperecedero se equivoca al elegir una página web, un blog, el Facebook o el Twitter; quien aborrezca o tema lo efímero y busque perduración, que escriba en piedras o tabletas de arcilla o que construya una pirámide.

Sobre lectores ensalzados y burlados

14/02/2011 Deja un comentario

Un tema común de las burlas o censuras a escritores es el de su pretensión a considerarse depositarios de una visión o mensaje privilegiado. Unas veces el privilegio lo caracteriza la forma y otras veces el contenido, pero tarde o temprano las virtudes o pecados del texto se desplazan al autor, y casi todo el tiempo con el apoyo o intervención de éste. “Madame Bovary soy yo”, dijo para bien o para mal Flaubert de su texto, y seguro esto tenía relación con su creencia en ser una persona consagrada a la tarea de escribir una épica en prosa. Ya se ve entonces de dónde provienen esos alardes: es una superstición oriental promovida por sacerdotes que escribían o por escribas que servían a sacerdotes. Los escritores enganchan dos o tres frases para arrastrar el ídolo de sus pesares o irritaciones, y de caballerizos se elevan a demiurgos o profetas.

Curiosamente, los lectores tienden menos a burlarse o censurarse a sí mismos. Pero sospecho que en parte se debe a que los escritores se reservan este tema casi como exorcismo o por venganza o como estrategia de exaltación de su oficio: ahí tienen a Cervantes con su poco antes de la muerte muy crédulo lector Alonso Quijano, y otra vez a Flaubert, quien nos dio a la engañada lectora de novelas románticas Madame Bovary.

Que burlarse del lector es sobre todo una burda manera de encumbrarse, lo prueba el que otros escritores ensalcen los suyos: Montaigne lo enalteció al llamarlo suffisant lecteur; Stendhal, al hacerlo miembro de la secta de los happy few; Valéry Larbaud, al darle estatus platónico a su lecteur idéal; y Julio Cortázar lo sedujo con transgresiones vicarias al reputarlo de lector cómplice. Pero alabado o burlado, el lector no es para el escritor sino otra bestia a la que enganchar un ídolo inseguro.

Afortunadamente para mi lector, éste no es su caso. Yo comparto más bien la idea de Wittgenstein: si digo que mis textos están dedicados

a un pequeño círculo de gente (si es que se puede llamar círculo), no quiero decir que crea que este círculo sea la élite de la humanidad, pero sí que está compuesto de aquellos a quienes me dirijo (no porque sean mejores o peores que otros)…, en oposición a los que me son extraños.

Tenga la certeza Ud. quien me lee de que yo estoy lejos de exaltar o burlarme de mis pocos lectores.

Mini drama a dos manos de Blanchot

2/12/2010 5 comentarios

Para un ambidiestro, no hay mano ignorante o
inocente. Toda mano es transgresora u ocasión de pecar y está en peligro de ser cortada. La otra mano siempre, en algún grado, sabe de la otra y lo que la otra sabe. No existe pues, como suponía Blanchot, mano solitaria. En el ambidiestro, no hay mano inmune: toda mano es potencialmente sombra de otra mano y susceptible de “prensión persecutoria”.

Blanchot habla de la “mano enferma”, la de quien quiere dejar el lápiz y que en lugar de abrirse se cierra, y la opone a la que éxitosamente toma el lápiz para que se desarrolle un minúsculo drama de perseguidor y perseguido, en la que la enferma intenta recuperar en forma lenta “el objeto que se aleja”. Si hay un dominio de escribir, de escribir a voluntad, de tomarlo y dejarlo, es decir, de soltarlo y agarrarlo según se quiera, ese dominio, dice Blanchot, “no reside en la mano que escribe” sino en “la otra mano… la que no escribe, capaz de intervenir en el momento necesario, de tomar el lápiz y de apartarlo”.

Pero Blanchot obvia u olvida que el ambidiestro carece de dominio o que está sujeto a un dominio incontrolable o involuntario: en él o ella no se oponen, al menos no absolutamente, la mano que escribe y la que no, la que no suelta y la que agarra, la que huye o se aleja con el lápiz y la que más o menos lentamente por asunto de humor o temperamental motricidad fina o gruesa persigue a su sombra, aunque lo de sombra esté por verse o en duda en esta escena casi simétrica. Y es lamentable que Blanchot haya obviado u olvidado lo anterior al hablar del dominio del escritor o, peor, que haya hablado con prejuicio lateral y no tomara en cuenta que en el mini drama del ambidiestro toda mano es un poco diestra en ser siniestra y viceversa.

*Notas relacionadas:
A dos manos… | A dos manos (ii): Wittgenstein y Escher en diálogo a diestra y siniestra.

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