Sobre la intolerante ayuda de los creyentes

29/10/2011 3 comentarios

La tolerancia es una virtud social más que religiosa. Una mente con amplio punto de vista sobre las creencias privadas sin duda contribuye al bienestar de la sociedad; pero es una actitud imposible para aquellos cuya religión personal es fuerte. Porque si sabemos que hemos encontrado el principio clave y rector de la vida, no podemos permitir a nuestros amigos tropezar ciegamente en las tinieblas. Quizá reconozcamos que sin esa clave ellos pueden llevar vidas virtuosas y admirables, pero su tarea se hace innecesariamente dura; es nuestro deber conducirlos al camino verdadero, mostrarles la luz que lo iluminará todo. Las opiniones pueden variar en cuanto a la naturaleza de la ayuda que se debe dar, si la persuasión pacífica y el ejemplo luminoso, o la espada y el auto da fé. Pero ningún hombre realmente religioso puede cruzarse con el descreído y no hacer nada.

Steve Runciman en The Medieval Manichee.

Y ahí reside esencialmente el problema del indiferente: el que los creyentes, ya sean de derecha, centro o izquierda, literarios, filosóficos, religiosos o políticos, no puedan cruzarse en el camino de los descreídos sin hacer nada. El problema es que no haya intolerantes flojos o negligentes.

Irrazonables razones en el escribir y leer

5/10/2011 Deja un comentario

En el origen de toda obra intelectualmente brillante hay razones intelectualmente injustificables. El 17 de febrero de 1846, Kierkegaard publicó las notas de Johannes Climacus a sus Migajas filosóficas. Con ello finalizaba un período de casi cinco años de escritura seudónima, que incluyó libros como O esto o lo otro y también El concepto de la angustia.

Uno los motivos de esa producción febril fue la certeza de una muerte inminente. Kierkegaard estaba convencido de que moriría a los 33 años, es decir, poco después del 5 de mayo de 1846. Tal certeza no derivaba —o sólo derivaba parcialmente— de una fanática o egolátrica imitatio christi, de una indebida comparación con el Redentor, sino de un hecho más cercano y ominoso: sus dos hermanas había muerto a esa edad.

El razonamiento es deleznable —el lazo de sangre, la repetición temporal—, pero por casi cinco años impulsó a Kierkegaard a concretar un proyecto filosófico y literario. No sabemos qué líneas de ese período le debemos. Y así, sabemos que nos asecha en las que Johannes Climacus magnifícamente socava los fundamentos de la dialéctica hegeliana, pero ignoramos en cuáles se mezcla la brillantez intelectual con lo arbitrario y lo baladí del supersticioso temor y temblor a una muerte injustificablemente programada

Necio tirano

27/09/2011 2 comentarios

Nunca nadie es superior ni exterior a aquello de lo que se aprovecha: el tirano institucionaliza la necedad, pero es el primer servidor de su sistema y la primera víctima instituida; siempre es un esclavo el que manda a los esclavos.
Deleuze.

La frase “le tyran institutionnalise la bêtise” también puede traducirse: “el tirano institucionaliza la estupidez”. En ese pasaje de Diferencia y repetición, Deleuze distingue “bêtise” de “bête” (animal), pero uno a veces tiene sus dudas.

Duda melódica

26/08/2011 Deja un comentario
Yo siempre escribo en tono de duda: no sé sostenido mayor.

“I will survive” o el fin del mundo para violín y piano

20/05/2011 2 comentarios

Cada cierto tiempo, se anuncia el tiempo del fin o del fin de los tiempos. Mañana, 21 de mayo, es el preámbulo del Juicio Final, que según un grupo de creyentes tendrá fecha definitiva en octubre. Seguro habrá un momento final, pero mientras tanto recordemos a Gloria Gaynor y su “I will survive” o, más exactamente, una muy irreverente versión para piano y violín.

Sobre escritura efímera (Blogs, Twitters, Facebook)

19/02/2011 3 comentarios

Leo con frecuencia y con vergüenza y temor que algunos
no escriben en Facebook o Twitter por su carácter efímero. Luego me di cuenta que estos amantes de la escritura intemporal ignoran o pasan por alto que un CD alcanza en el mejor de los casos 15 años de vida y que un sitio web dura tanto como su mantenimiento o el pago de la cuota del servidor. A eso llega la eternidad en el universo electrónico.

Me digo entonces que quien quiera lo imperecedero se equivoca al elegir una página web, un blog, el Facebook o el Twitter; quien aborrezca o tema lo efímero y busque perduración, que escriba en piedras o tabletas de arcilla o que construya una pirámide.

Sobre lectores ensalzados y burlados

14/02/2011 Deja un comentario

Un tema común de las burlas o censuras a escritores es el de su pretensión a considerarse depositarios de una visión o mensaje privilegiado. Unas veces el privilegio lo caracteriza la forma y otras veces el contenido, pero tarde o temprano las virtudes o pecados del texto se desplazan al autor, y casi todo el tiempo con el apoyo o intervención de éste. “Madame Bovary soy yo”, dijo para bien o para mal Flaubert de su texto, y seguro esto tenía relación con su creencia en ser una persona consagrada a la tarea de escribir una épica en prosa. Ya se ve entonces de dónde provienen esos alardes: es una superstición oriental promovida por sacerdotes que escribían o por escribas que servían a sacerdotes. Los escritores enganchan dos o tres frases para arrastrar el ídolo de sus pesares o irritaciones, y de caballerizos se elevan a demiurgos o profetas.

Curiosamente, los lectores tienden menos a burlarse o censurarse a sí mismos. Pero sospecho que en parte se debe a que los escritores se reservan este tema casi como exorcismo o por venganza o como estrategia de exaltación de su oficio: ahí tienen a Cervantes con su poco antes de la muerte muy crédulo lector Alonso Quijano, y otra vez a Flaubert, quien nos dio a la engañada lectora de novelas románticas Madame Bovary.

Que burlarse del lector es sobre todo una burda manera de encumbrarse, lo prueba el que otros escritores ensalcen los suyos: Montaigne lo enalteció al llamarlo suffisant lecteur; Stendhal, al hacerlo miembro de la secta de los happy few; Valéry Larbaud, al darle estatus platónico a su lecteur idéal; y Julio Cortázar lo sedujo con transgresiones vicarias al reputarlo de lector cómplice. Pero alabado o burlado, el lector no es para el escritor sino otra bestia a la que enganchar un ídolo inseguro.

Afortunadamente para mi lector, éste no es su caso. Yo comparto más bien la idea de Wittgenstein: si digo que mis textos están dedicados

a un pequeño círculo de gente (si es que se puede llamar círculo), no quiero decir que crea que este círculo sea la élite de la humanidad, pero sí que está compuesto de aquellos a quienes me dirijo (no porque sean mejores o peores que otros)…, en oposición a los que me son extraños.

Tenga la certeza Ud. quien me lee de que yo estoy lejos de exaltar o burlarme de mis pocos lectores.

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