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Archivo para la Categoría "Métodos críticos"

El libro imaginario y su autor: el problema de las influencias (i)

26/05/2009 2 comentarios

Quizá no haya cuestión más delicada y discutible en la crítica del libro imaginario que la de las influencias literarias. Un mínimo descuido de apreciación señalará la equitativa incomprensión de los predecesores y del autor objeto de estudio. Ya que puede originar o exacerbar enemistades, por la velada o inadvertida alusión al plagio o la carencia de originalidad, el tema es tratado de manera circunspecta por críticos como Antonio Machado, Jorge Luis Borges o Juan de Mairena.

Machado sostiene que el punto de partida de la filosofía de Abel Martín “está, acaso —nótese la prudencia— en la filosofía de Leibniz”; luego pasa al examen de las semejanzas y diferencias entre ambos autores. Asimismo obra Mairena al señalar los puntos exactos que su metafísica debe a la de Martín: Dios como ser absoluto, único y real, que no ha creado al mundo; la creación divina como acción negativa de la divinidad; la metafísica como ciencia del no ser; el pensamiento mágico —que es decir poético— “que acepta como principio de evidencia la realidad de todo contenido de conciencia”. La ya mencionada acotación de Machado sobre la actitud de sabotaje ideológico de Mairena hacia los aportes del maestro, confirma la probidad y tacto del crítico, quien constata un hecho sin herir premeditamente la sensibilidad del autor.

Borges anota las influencias que la crítica ha descubierto en Mir Bahadur Alí: Philipp Guedalla evoca con cólera e ironía a John H. Watson y a a Brighton; Mr. Cecil Roberts a Wilkie Colins y al persa del siglo doce Ferid Eddin Attar; otro crítico destaca la semejanza de cierta escena con alguna de Kipling, observación propicia para resaltar la humildad e ingenio del autor apócrifo: “Bahadur las admite, pero alega que sería muy anormal que dos pinturas de la décima noche de muharrán no coincidieran”. Borges, por su parte, descarta compararlo con Chesterton basándose en el simple parecido del mecanismo policial o de su sustrato místico, y prefiere evocar el distante antecedente de Isaac Luria el León y su teoría de la posesión espiritual con fines didácticos o consoladores. Pero la novela policial y la historia de las ideas le serán útiles en “El examen de la obra de Herbert Quain”: en ella afirma inevitable el nombre precursor de Mrs. Agatha Christie para God of Laberynth; registra el eco en April March de las doctrinas de John Donne, para luego mencionar un prólogo de Quain que invoca la doctrina de Bradley; y en The Secret Mirror declara falaz, y afortunada comercialmente, la herencia freudiana.

Al tratamiento de las influencias en la crítica del libro imaginario lo asechan dos tentaciones: la filiación injustificada y la subordinación desmedida. Para eludir la primera sugiero recordar la observación de Wilde: es necesaria mayor cultura para criticar que para crear. La imputación de linaje indebido de un autor a otro es inevitable cuando se frecuenta parcialmente a alguno de ellos o a ambos. Las buenas filiaciones de Machado y Borges están basada en el conocimiento exacto de los autores examinados.

Machado tiene una profunda familiaridad con Leibniz y las ideas de éste que influyeron en Abel Martín, pero al último lo conoce tan bien como al primero. Igual dictamen merece cuando fija parentescos entre Juan de Mairena, discípulo, y Abel Martín, maestro; tema más espinoso por la facilidad de remitir el discípulo al maestro. Machado, sin disminución de sensibilidad, descubre genealogías, pero no se ofusca: sabe que el oleaje del precursor debe señalar la costa del apócrifo, no arrasarla.

Hablar de la intimidad de Borges con la filosofía y la literatura es redundante; diré, sin embargo, que la crítica tradicional ha pasado por alto —no diré incrédulamente— su mayor intimidad con la obra de Herbert Quain, de Ts’ui Pên y de Mir Bahadur Alí (la objeción de que opina sobre la primera versión de El acercamiento a Almotásim sin haberla leído, es irrelevante: un apéndice de la segunda versión resume las diferencias fundamentales entre ambas).

La crítica del libro imaginario (v). Método: el problema biográfico

3/12/2008 2 comentarios

En las memorables páginas de su ensayo “On not knowing the Greek”, Virginia Woolf reflexiona sobre la literatura impersonal, aquella que prescinde de las circunstancias biográficas de los autores para la comprensión de la obra, porque son insuficientes los datos de su vida. En el caso de los antiguos griegos, la noción de literatura impersonal es casi indispensable; no en vano se le ha atribuido diversa autoría a la Ilíada y a la Odisea, y se ha dudado de la historicidad de Homero: su vida está cifrada en oportunas anécdotas y en fechas inciertas. Para Woolf, sin embargo, la enigmática y concisa biografía de los grandes autores griegos no fue un infortunio: fue de esa manera que los hados eligieron preservarlos de la vulgaridad.

Quizá por semejantes razones éticas, y no por un desencantado realismo, la crítica del libro imaginario presta escasa atención a los detalles biográficos.

Todo lo que informa Antonio Machado sobre Abel Martín es que nació en Sevilla en 1840 y murió en Madrid en 1898, y que fue de profesión poeta y filósofo; del discípulo Juan de Mairena, que nació en la misma ciudad de Martín, en 1865, y murió en Casariego de Tapia en 1909, y que agregaba, a las ocupaciones del maestro, las de retórico e inventor.

La locuacidad de Borges no es mayor: de Herbert Quain apenas notifica que murió en Roscommon; de Mir Bahadur Alí, que es un abogado; del heresiarca Nils Runeberg, que nació en Lend y murió de la rotura de un aneurisma el primero de marzo de 1912; y del autor del onceno tomo de la enciclopedia sobre Tlön sólo nos deja una farragosa supocición:

Se conjetura que este brave new world es obra de una sociedad secreta de astrónomos, de biólogos, de ingenieros, de metafísicos, de poetas, de químicos, de algebristasa, de moralistas, de pintores, de geómetras… dirigidos por un oscuro hombre de genio.

Borges sigue el principio que Octavio Paz formuló al hablar de Fernando Pessoa: “Los poetas no tienen biografía. Su obra es su biografía”. De Mir Bahadur Alí sabemos que vivió entre 1932, cuando publica la edición príncipe de El acercamiento a Almotásim, y 1934, cuando aparece una segunda versión de la novela. De Herbert Quain sabemos que vivia a fines de 1939, cuando publicó “Statements: acaso el más original de sus libros, sin duda el menos alabado y el más secreto”. Sabemos también que Quain era modesto: lo evidencia una carta escrita el seis de marzo de 1939 al autor de la nota.

En este aspecto de las cualidades personales, la práctica de Antonio Machado es menos fiel al principio de Paz: nos dice que Abel Martín fue un hombre en extremo erótico, mujeriego y “acaso, también onanista”. (Digresión: no conozco mejor descripción hispana del erotismo masculino.) Machado también introduce una práctica dudosa: las afirmaciones anteriores descansan sobre el testimonio de los conocidos —aunque la demostración del erotismo martiniano dependa exclusivamente de su obra. Ese hábito, que linda con la murmuración, será agravado con Juan de Mairena: a través de los apuntes de clase recolectados por sus alumnos, vislumbramos los gestos del maestro, sus miradas comprensivas, sus irónicas sonrisas y sus agudas observaciones.

A pesar del ejemplo de Machado, yo no recomendaría este proceder en la crítica de libros imaginarios: no me atrevería a jurar por la veracidad de esos subjetivos testimonios —menos aún por los que configuran ciertos textos que compilan lo que Mairena hubiera dicho en caso de seguir viviendo—; la propia obra ofrece, en mi opinión, certificación más cierta y perdurable. Incluso el mismo Machado comenta que en las últimas estrofas del poema de Mairena a su maestro Abel Martín

…el sentimiento de piedad hacia el maestro parece enturbiarse con mezcla de ironía, rayana en el sarcasmo. Y es que toda generación ama y odia a su precedente.

Y más adelante precisa:

Y más que una incomprensión parece acusar —en Mairena— una cierta malevolencia, que le lleva al sabotaje de las ideas del maestro.

* Notas relacionadas: La crítica del libro imaginario (i) | La crítica del libro imaginario (iv). Metodología: el problema de las citas.

La crítica del libro imaginario (iv). Metodología: el problema de las citas

18/11/2008 Deja un comentario

Para el análisis de la crítica del libro imaginario, es beneficioso que Borges y Machado hayan concretado de manera diversa los recursos técnicos, que compartan esencialmente el método crítico, pero difieran en su ejecución. Ello nos mostrará las posibilidades de su método, al tiempo que prevendrá dogmatismos inadvertidos.

Así, a pesar de que ambos brindan al lector extractos de la obra que confirman o ilustran sus dictámenes, Machado es pródigo en extensión y cantidad, mientras Borges suele ser reticente. Pero no por ello debe inferirse la ineludible obligación de citar, en meno o mayor proporción, el texto imaginario, ni tampoco suponer la primacía de un autor por una invención más plena y honesta. La diferencia metodológica revela más bien que el estilo indirecto es igualmente eficaz para dar verosimilitud a la crítica, la cual no depende de la profusión de citas y referencias, sino de su adecuada configuración con los juicios del crítico.

Las citas en la crítica del libro imaginario no son asunto de verificación científica, sino de evidencia retórica; de nada le servirían a Machado sus extensas comprobaciones textuales, en el caso de Abel Martín, sin la perspicacia, coherencia y exactitud de sus comentarios, y sin la sabia combinación de ambos.

* Notas relacionadas: La crítica del libro imaginario (i) | La crítica del libro imaginario (ii): Carlyle, Jorges Luis Borges y Antonio Machado | La crítica del libro imaginario (iii): Borges y Machado.

La crítica del libro imaginario (iii): Borges y Machado

11/11/2008 Deja un comentario

Se advierte que con Jorge Luis Borges y Antonio Machado la crítica literaria se yergue como método de invención. Ahora no sólo tenemos al fingido autor de un libro por todos leído, sino también el comentario detenido o superficial de una colección de escritos imaginarios. La fabulosa existencia del autor ha contaminado a la obra.

Hablemos, entonces, del apócrifo en segundo grado: el análisis fragmentario o total de una obra ausente. Porque nada impide sospechar que el autor apócrifo no ha continuado la obra: acaso recogió los dispersos apuntes escritos en el ocio dejado por las otras para rectificar, acentuar o rebatir una idea, un concepto o un argumento; para iniciar o concluir otra historia. Acaso simplemente esté cumpliendo el anhelo de todo escritor —acaso otro lo esté realizando por él—: ordenar, revisar o comentar su obra completa, lo cual es otra manera de continuarla. (Nueva extensión del apócrifo: crítica de la crítica falaz; verbigracia: disentimiento o acuerdos parciales con la hipótesis de Stephen Albert, que confiere un orden a la obra de Ts’ui Pên, El jardín de senderos que se bifurcan.) No descartemos la posibilidad —mejor aún: no descartemos ninguna— del descubrimiento afortunado de un texto perdido, de un palimpsesto en la nada, filológicamente exhumado de los manuscritos de apócrifos antiguos o recientes.

Preveo dos reparos a mis reflexiones. El primero, mi historia del apócrifo ha prescindido de las contribuciones griegas. El segundo, mi presunción de la indolencia como génesis de la crítica imaginaria depende excesivamente de la boutade de Borges.

Respecto a lo último, un lector escrupuloso puede sugerir que las reflexiones de Oscar Wilde en El crítico artista son más originales y convenientes. Originales, porque Wilde defiende la tesis de que son necesarios mayor cultura y esfuerzo para la crítica que para la creación: “Es mucho más difícil hablar de una cosa que hacerla”; tesis que igualmente excusaría a Borges y Machado de haraganería. Convenientes, porque ambos autores compartirían en forma plena la opinión de Wilde acerca de la crítica: “no se encuentra nunca aprisionada por las cadenas de la verosimilitud”, y sobre la obra de arte:

La obra de arte sirve al crítico simplemente para sugerirle una obra nueva o personal, que puede no tener ninguna semejanza con la que crítica.

Sobre los apócrifos griegos me basta decir que los judíos los superan en número, que la noción de canon les fue extraña, que mi intención no es la de ser prolijo, y que a estas notas las inspira la nostalgia que en las noches me visita cuando atisbo los afantasmados anaqueles de la biblioteca perdida en Alejandría, de los cuales alguna vez recupero un título, un párrafo, y a veces hasta dos o tres líneas, gracias a las pesquisas ilusorias del apócrifo moderno.

En cuanto a postular un distinto y coherente origen basándose en las opiniones de Wilde, diré que me parece razonable y encantador, y que creo innecesario desdeñar o rebatir conjeturas que proporcionan esa conjunción placentera. No soy condescendiente: además de seducirme poco la infabilidad, es esta o cualquier otra materia, estoy más interesado en el análisis del procedimiento de criticar libros imaginarios que en sus motivaciones.

* Notas relacionadas: La crítica del libro imaginario (i) | La crítica del libro imaginario (ii): Carlyle, Jorges Luis Borges y Antonio Machado.

La crítica del libro imaginario (ii): Carlyle, Jorges Luis Borges y Antonio Machado

7/11/2008 Deja un comentario

Listaré aquí algunos de aquellos que eligieron la exégesis o el compendio de una obra dilatada en lugar de su escritura. El primero es Thomas Carlyle, quien en el Sartor Resartus discutió la extensa obra del profesor de cosas en general Diógenes Teufelsdroeckh sobre la filosofía de la arena o de las apariencias.

El otro es Jorge Luis Borges, un eximio practicante de la atribución fingida a quien debemos, además de las noticias sobre Carlyle, amplias reflexiones sobre los problemas de esta variante del apócrifo moderno. En el prólogo a El jardín de sendero que se bifurcan anotó que incluso el procedimiento del comentario no eliminaba lo reiterativo, la escritura de libros “no menos tautológicos que los otros”. Por ello, y por confesas características personales, lo llevó a la extrema concisión: “Más razonable, más inepto, más haragán, he preferido la escritura de notas sobre libros imaginarios”; “Tlön, Uqbar y Orbis Tertius”, el “Examen de la obra de Herbert Quain” y la nota de “El acercamiento a Almotásim” son la habilidosa ejecución de esa tesis.

La confesión de Borges me brinda la oportunidad de esbozar una conjetura sobre el origen de la crítica del libro imaginario: la aplicación de la ley del mínimo esfuerzo por disminución de dos momentos retóricos: invención y elocución. Amplío mi hipótesis de la implosión de la obra: al mitigar la invención, los interminables silogismos se contraen a la tesis, y los pormenores de la historia al argumento; en consecuencia, la elocución se basta con dos o tres virtudes menores.

En el “Prólogo de prólogos”, Borges da una justificación de esta pereza literaria cuando sugiere la escritura de un libro de prólogos de obras posibles pero fallidas por las particulares características de sus temas:

Hay argumentos que se prestan menos a la escritura laboriosa que a los ocios de la imaginación o al indulgente diálogo, tales argumentos serían la impalpable sustancia de esas páginas que no se escribirán.

Así pudo disculpar la resumida presentación de su imaginario libro Teoría de Almafuerte:

Nadie debe dolerse de su condición de que no exista o de que sólo exista en el mundo inmóvil y extraño que forman los objetos posibles; el resumen que ahora trazaré puede equivaler al recuerdo que deja, al cabo de los años, un libro extenso. Además, le conviene singularmente su condición de libro no escrito; el tema es menos la letra que el espíritu de su autor, menos la notación que la connotación de una obra.

Señalo, finalmente, al otro conspicuo prácticante de la crítica de libros imaginarios: Antonio Machado. En De un cancionero apócrifo y en el Cancionero apócrifo insertó sus apostillas y ensayos críticos sobre la obra de Abel Martín y de su discípulo Juan de Mairena, respectivamente. Machado no teorizó su práctica, pero nos dejó abundantes páginas de ejemplo.

* Notas relacionadas: La crítica del libro imaginario (i) | La crítica del libro imaginario (iii): Borges y Machado.

La crítica del libro imaginario (i)

2/11/2008 Deja un comentario

Más razonable, más inepto, más haragán, he preferido la escritura de notas sobre libros imaginarios.

Jorge Luis Borges.

La literatura nos ha hablado hasta ahora de personajes de ficción. Nosotros iremos más lejos: hablaremos de libros de ficción.

Stanislaw Lem.

Hace muchos años escribí unas páginas sobre la crítica del libro imaginario. Transcribo y repito y por ello algo cambia en esas páginas.

*****

La hoy en día censurable práctica del libro apócrifo, de un texto de fingida atribución a un escritor real o fabulosa a uno imaginario, de un texto que infringe las reglas del canon, fue estimada y llevada hasta la exaperación, como tantas otras, por los escritores judíos. Títulos como La carta de Aristeas, Los secretos de Baruch o El Apocalipsis siríaco de Baruch atestiguan su repetida fidelidad a ese procedimiento, que todavía en la Edad Media era del gusto de los maestros de la Cábala: a finales del siglo XII, el probable autor del Sefer ha-Zohar o Libro del Esplendor, el judío castellano Moisés de León, lo atribuyó a un rabino palestino del siglo III.

Los herederos cristianos no renunciaron a este método para afirmar la fe, ni a introducirle complicaciones: hasta principios del siglo V fraguaron y coleccionaron los Oráculos sibilinos para el proselitismo entre helenos; en ese mismo siglo compilaron el Corpus Dionysiacum y lo atribuyeron a Dionisio Areopagita, el primer converso ateniense de Saulo de Tarso.

Conjurados por absorción los peligros del helenismo, tanto judíos como cristianos fueron desechando el procedimiento. Sin embargo, la práctica del apócrifo no fue olvidada y tuvo una aplicación variada y de consecuencias discutidas. Cervantes atribuyó la historia del Quijote al desconocido Cide Hamete Benengeli; y algún malicioso cree que el Quijote de Avellaneda fue realmente escrito por Cervantes, quien

no pudo resistir la tentación de publicar la primera (y no menos buena) versión de su novela, mediante el tranquilo expediente de atribuírsela a un falso impostor, del que incluso inventó que lo llamaba manco y viejo, para tener, así, la oportunidad de recordarnos con humilde arrogancia su participación en la batalla de Lepanto. (Augusto Monterroso en Movimiento perpetuo.)

Yo comparto esas sospechas de una repetición cervantina de la treta apócrifa, del ocultamiento de un necesario exorcismo estilístico, pero difiero en cuanto a los motivos: considero al “falso” Quijote un pretexto de la definitiva segunda parte. Cervantes ha tenido innumerables seguidores en la atribución espuria. Entre los más recientes figura Umberto Eco, quien afirma que su novela Il nome della rosa es la reconstrucción personal de una perdida traducción francesa ( por el abate Vallet) del manuscrito (en edición latina del siglo XVII por Joannis Mabillon) de un monje alemán del siglo XIV: Adso o Adsom de Melk.

Sin embargo, hoy día, cuando nadie considera honroso el anonimato, los escritores eluden el apócrifo y prefieren recurrir tímida pero seguramente a los seudónimos: tarde o temprano nos enteraremos de que Joseph Conrad vale por Teodor Korzeniosvki, Pablo Neruda por Neptalí Reyes, Gabriela Mistral por Lucila Godoy, Máximo Gorki por Alexéi Maximovich Pechkov; y de que Cándido, Arhimán y Azorín fueron los avatares del inseguro José Martínez Ruiz. O acuden, como agudización esquizofrénica del tema, a las denominaciones heterónimas, distinción introducida por el portugués Fernando Pessoa, quien, viendo en la mera caligrafía la sola virtud literaria del seudónimo, prefirió la fuga psíquica del autor a los engaños de la rúbrica:

A obra pseudónima é do autor em sua pessoa, salvo o nome que assina; a heterónima é do autor fora da sua pessoa, é de uma individualidades completa fabricada por éle, como seriam os dizeres de cualquier personagem de cualquier drama seu. (Pessoa en Poesía completa.)

Alberto Caeiro, Alvaro de Campos y Ricardo Reis son esas escriturales periferias de Pessoa.

Ahora bien, lo común a todas estas experiencias no es sólo la firme o débil intención de engaño, sino la persistente voluntad de una obra total, con sus minuciosos períodos y con sus párrafos que abundan en imágenes y silogismos, todos ellos en lucha agónica con la imposibilidad de consumir la historia o el tema. Esa imposibidad explica lo repetitivo del apócrifo antiguo, los interminables apocalipsis, cartas y testamentos. Acaso sea también la razón de que una minoría de escritores eligiera, negándose a la laboriosa escritura pero no a la atribución espuria, el procedimiento de la exégesis o el compendio de una obra dilatada. Entre ellos está Jorge Luis Borges, quien sin pudor escribió: “Más razonable, más inepto, más haragán, he preferido la escritura de notas sobre libros imaginarios”.

* Notas relacionadas: La crítica del libro imaginario (ii): Carlyle, Jorges Luis Borges y Antonio Machado | La crítica del libro imaginario (iii): Borges y Machado.

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