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Irrazonables razones en el escribir y leer

En el origen de toda obra intelectualmente brillante hay razones intelectualmente injustificables. El 17 de febrero de 1846, Kierkegaard publicó las notas de Johannes Climacus a sus Migajas filosóficas. Con ello finalizaba un período de casi cinco años de escritura seudónima, que incluyó libros como O esto o lo otro y también El concepto de la angustia.

Uno los motivos de esa producción febril fue la certeza de una muerte inminente. Kierkegaard estaba convencido de que moriría a los 33 años, es decir, poco después del 5 de mayo de 1846. Tal certeza no derivaba —o sólo derivaba parcialmente— de una fanática o egolátrica imitatio christi, de una indebida comparación con el Redentor, sino de un hecho más cercano y ominoso: sus dos hermanas había muerto a esa edad.

El razonamiento es deleznable —el lazo de sangre, la repetición temporal—, pero por casi cinco años impulsó a Kierkegaard a concretar un proyecto filosófico y literario. No sabemos qué líneas de ese período le debemos. Y así, sabemos que nos asecha en las que Johannes Climacus magnifícamente socava los fundamentos de la dialéctica hegeliana, pero ignoramos en cuáles se mezcla la brillantez intelectual con lo arbitrario y lo baladí del supersticioso temor y temblor a una muerte injustificablemente programada

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