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Borges y el aficionado a heresiarca

…todo hombre culto es un teólogo, y para serlo no es indispensable la fe.

Jorge Luis Borges. Otras Inquisiciones.

Ya sea por razones personales o de índole técnica, las especulaciones teológicas de Borges —no importa si toman la forma de un cuento o de un ensayo— siempre seducen al aficionado a la teología. Por aficionado a esa especialidad entiendo a alguien que, entre otras cosas, ha leído enteramente al menos una versión de la Biblia, digamos la Reina-ValeraBorges prefería en este caso la traducción de la Reina-Valera: «Un versículo de San Pablo (I, Corintios XIII, 12) inspiró a Leon Bloy. Videmus nunc per speculum in aenigmate: tunc autem facie ad faciem. Nunc cognosco ex parte: tunc autem cognoscam sicut et cognitus sum. Torres Amat miserablemente traduce: “Al presente no vemos a Dios sino como en un espejo, y bajo imágenes oscuras: pero entonces le veremos cara a cara. Yo no le conozco ahora sino imperfectamente: mas entonces le conoceré con una visión clara, a la manera que yo soy conocido.” Cuarenta y cuatro voces hacen el oficio de 22; imposible ser más palabrero y más lánguido. Cipriano de Valera es más fiel: “Ahora vemos por espejo, en oscuridad; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; más entonces conoceré como soy conocido”.» o la de Jerusalén, frecuentado otra, como la Nácar-Colunga, y que por tal razón concede a Borges que la Torres Amat traduce miserablemente I Corintios 13:12.

Aficionado es también quien consulta infatigable las concordancias y maneja esporádicamente los comentarios bíblicos. Quizá alguna vez haya hojeado la Mishnah o el Talmud, pero sólo para verificar esos detalles mínimos que no afectan lo esencial de una doctrina. Ha intentado algo de griego y hebreo —sobre todo para entender el planteamiento de uno que otro problema exegético—, aunque tampoco ha alcanzado grandes éxitos con ambos. Con ese pequeño bagaje, sin embargo, puede entender por dónde va el argumento yavista y elohista sobre la autoría del Pentateuco, plantear con cierta seguridad la distinción entre la justificación por la fe y por las obras, recordar imperfectamente que Agustín y Pelagio tuvieron una querella sobre el asunto, y sospechar por qué Lutero (y la Reforma en general) hicieron de la doctrina un punto de honor.

Conoce, además, la historia doctrinal de la iglesia, tanto la ortodoxa como la herética. Le parece por tanto que los concilios de Nicea y de Trento consideraron temas más interesantes que el de Vaticano II. Pero no se limita a las querellas doctrinales antiguas: se pregunta cómo los católicos purgarán el Index, ahora que le conceden probabilidades a la teoría de la evolución, y si los intérpretes fundamentalistas de las profecías desecharán el calendario gregoriano para computar la nueva fecha de la segunda venida de Cristo.

Lamenta que ya no se cultive la homilética —la retórica al servicio de la predicación— y que se haya abandonado la costumbre de compilar sermones —pienso en los bien organizados Farm Sermon de Charles Spurgeon y en los magníficos The Sermons of Mr. Yorick de Sterne. Tiene amigos en todas las denominaciones, aunque no va a la iglesia ni los sábados ni los domingos. Su familiaridad con muchas opiniones en materia de religión es, entonces, completamente Agrego que mis aficiones teológicas derivan de haber leído cuando niño una amarilla y voluminosa biografía en tapas rojas de San Francisco de Sales, patrón de los escritores por cierto, en la cual recorrí la cismática geografía de Saboya y de Ginebra, seguí los predestinados argumentos de Calvino y Teodoro de Beza, y me enteré de que cualquier dogma tolera vocablos como herejía, devoción, falsedad, infamia o martirio.circunstancial: quizá una familia con tradición eclesiástica —en mi caso, un tío y primos sacerdotes y varias primas monjas—, quizá la asistencia involuntaria a un colegio religioso o quizá la agradable compañía de alguna muchacha del coro.

A pesar de sus aficiones teológicas, los creyentes en general lo llaman incrédulo, y a causa de ellas los ateos lo sospechan converso; pero él detesta tanto la inelegancia y el énfasis admonitorio del creyente como la idolatría de la verdad que prohíbe al que Nietzsche llamó ateo incondicional y sincero “la mentira que hay en el creer en Dios”.

Las especulaciones teológicas de Borges atraen al aficionado, entre otras razones, porque le atenúan la certeza de incompetencia personal. Quien pasa noches minuciosas ensayando una reconstrucción clara de la doctrina trinitaria, para terminar con un fichero de notas incoherentes, dispersas e inútiles, agradece leer a alguien, sin duda más inteligente y con mejores libros, que piensa imposible definir el Espíritu Santo y que considera a la Trinidad “un caso de teratología intelectual, una deformación que sólo el horror de una pesadilla pudo parir”. Otra razón es que el elegante tratamiento que da Borges a cualquier propuesta teológica muestra un camino para recuperar un conocimiento que la decepción o la incapacidad habían declarado inservible.

No hablo —aunque también piense en ello— de que Borges sostenga que la metafísica es una rama de la literatura fantástica y de que, en consecuencia, las doctrinas y especulaciones teológicas motiven cuentos como “Los teólogos” o “Tres versiones de Judas”. La mejor descripción de Borges como teólogo frustrado es el inicio de “Tres versiones de Judas”: «En el Asia Menor o en Alejandría, en el segundo siglo de nuestra fe, cuando Basílides publicaba que el cosmos era una temeraria improvisación de ángeles deficientes, Nils Runeberg hubiera dirigido, con singular pasión intelectual, uno de los conventículos gnósticos. Dante le hubiera destinado, tal vez, un sepulcro de fuego; su nombre aumentaría los catálogos de heresiarcas menores, entre Satornilo y Carpócrates; algún fragmento de sus prédicas, exornado de injurias, perduraría en el apócrifo Liber adversus omnes haereses o habría perecido cuando el incendio de una biblioteca monástica devoró el último ejemplar del Syntagma. En cambio, Dios le deparó el siglo XX y la ciudad universitaria de Lund».Hablo, más bien, de que con Borges se aprende a examinar el mecanismo y el sentido de las doctrinas en vez de a ensayar una inútil refutación o elaborar una simple parodia. Ese método para indagar en los dogmas puede desilusionar al constructor de apologías o confutaciones, pero es iluminador para quien no espera salvar o condenar un artículo de fe sólo porque lo apoyan un silogismo, dos versículos y algún concilio.

Y es que después de leer las reflexiones de Borges, el aficionado no se empeñará en la búsqueda de demostraciones o refutaciones de las certezas teológicas, sino en la de relaciones conceptuales, en la de observaciones que organicen la dispersión e incoherencia previa. Porque el propósito de Borges, vale decirlo, no es contruir una nueva dogmática, una refutación o una apología, ni tampoco la burla fácil: lo que pretende es el entendimiento, la comprensión de un proyecto intelectual fallido en el cual de alguna manera tanto él como el aficionado han tomado parte.

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