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Elogio de la sombra de Tanizaki

Junishirõ Tanizaki se graduó en letras en la Universidad de Tokio. Abandonó literariamente a París y Londres para escribir novelas con temas japoneses. Quizá como preparación para esa tarea, tradujo la que escribió en el siglo X la dama de honor Murasaki Shukibu, la Genji Monogatari, cuyo décimo capítulo se titula “El puente de los sueños” —un largo y húmedo puente que en la neblina «parece mucho más lejos». Escribió, además, un libro cuyo título también sedujo a Borges: Elogio de la sombra.

Para la antigua sensibilidad japonesa, dice Tanizaki, «lo bello no es una sustancia en sí sino tan sólo un dibujo de sombras, un juego de claroscuros producidos por la yuxtaposición de diferentes sustancias»: en los utensilios de metal, le gusta ver el brillo velado que adquieren con el uso y el paso del tiempo; en los de madera laqueada, sus colores, sus «capas de oscuridad», que hacen pensar «en alguna materialización de las tinieblas que nos rodean».

La tesis de Tanizaki revela el motivo de abrumadores detalles de la arquitectura, las costumbres y del arte japonés: en la tenue luz, las marionetas del bunraku pierden su dureza de rasgos; los dientes ennegrecidos y las afeitadas cejas de la mujer acentúan su blancura; los edificios religiosos buscan los enormes tejados y los grandes aleros, que los hunden en las sombras…

La antigua sensibilidad no desprecia, entonces, las comodidades de Occidente: lamenta su inadecuación con lo tradicional. Reconoce la higiene del retrete occidental, pero rechaza su luz cruda, sus paredes blancas y su taza de cerámica con brillantes metales; prefiere una aireada penumbra en la que se sospeche «lo que está limpio y lo que lo está menos», y una oscura y perfumada taza de madera que permita entregarse a la «satisfacción de tipo fisiológico» que cantó Natsume Sõseki.

Tal inadecuación explica también que no fuera la falta de habilidad ni de belleza la razón de que el kabuki perdiera la perfección de los antiguos actores de papeles femeninos: «en un escenario iluminado como hoy en día, es indudable que los contornos angulosos de su silueta masculina habrían saltado a la vista».

Más que en el carácter japonés, la justificación de su tesis la encuentra Tanizaki en la blancura de la piel japonesa, que es noble y bella, pero que, comparada con la occidental, tiene un ligero velo; de ahí que busque el juego de luz y sombra: para no ser menos. «Nadie se pone por voluntad propia, deliberadamente, en una situación desfavorable… es natural que prefiramos hundirnos en un ambiente oscuro».

Acaso esas umbrías palabras reflejen involuntariamente la aleación de racismo y nacionalismo que blindó las armas del Imperio hasta 1945; sin embargo, el neblinoso onírico puente de la dama Murasaki Shukibu, sugiere que Tanizaki, profundamente, tenía razón: la expresión de la antigua sensibilidad «no está hecha para ser vista en un lugar iluminado, sino para ser adivinada en un lugar oscuro, en medio de una luz difusa que por instantes va revelando uno u otro detalle».

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  1. golfito inthe night
    21/10/2008 en 1:10 pm. | #1

    Tanizaki el crack! geishas cracks tambien

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