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Adela obsesiva (1)

Una imagen de ectoplasma salió de mi cuerpo y se refugió detrás de su butaca. Que no me sacaran de allí. Deseaba adherirme a su presencia para siempre”. De este modo le fue dado a Adela identificar, en Informe bajo llave de Marta Lynch, el momento en que a sus expensas comenzó el trabajo de erosión de la obsesión amorosa, el momento en el que se instaló gradualmente la idea de su destrucción.

Y es precisamente esa lucidez minuciosa aunque intermitente la que registra el apresuramiento en deteriorar la propia esencia, la búsqueda infatigable del hundimiento bajo el yugo del ser amado. Adela sufre la pasión incesante y la discontinua clarividencia: conoce el mal y tal vez la cura, pero se sabe incapaz ante lo que la avasalla: “No quiero ser normal: sólo quiero poseer a Vargas”. La conquista de ese hombre, sin embargo, significa asumir el rol pasivo, expectante: el rendimiento absoluto de sí misma ante los términos impuestos por el otro.

Nada indicaba, como siempre, ese destino. Adela es una mujer joven, divorciada y con un hijo, una mujer de ideas progresistas y cuyo trabajo como escritora de novelas le ha dado cierta fama. Un día la acosa el mensajero de Vargas, un político importante que desea un ejemplar autografiado de una novela. Luego de varias negativas, Adela satisface la petición e incluso acepta entrevistarse con este insistente admirador. Y sin saber cómo —¿pero es que alguna vez sabemos cómo?—, una atracción imperiosa se apodera de ella y al finalizar la entrevista esa “parte loca quedaba adherida, pegada a su butaca, a su persona tiesa y arrepollada, fijada a él por un mecanismo que controla a las personas interiores y mutables que convergen en mí”.

No hay lugar para explicaciones de carácter físico —el único rasgo atrayente de Vargas es su voz suave—, ni de afinidades intelectuales: Vargas no es un burócrata ilustrado, no lo impulsan ni sostienen justificaciones ideológicas, sobrevive en la política por azar y por astucia. Sin embargo, desde ese encuentro Adela confiesa que “lo que tenía algún rastro de Vargas era apto para mi entusiasmo”; increíblemente para ella, sus “manos marchaban solas hacia el telefóno” y se “ponía de un humor atroz si al llegar a casa no hallaba el mensaje que vagamente necesitaba recibir”.

Se inicia entonces una persecución telefónica incesante que sólo alcanza a los subalternos, nunca a Vargas. Una larga cadena de visitas concertadas pero pospuestas o incompletas, preceden el día en que finalmente se reúne con el hombre que la trastorna y que desde ahí impondrá las condiciones de la relación. Así entra en vigencia “un mundo donde un hombre significa el poder, el orden y también la brutalidad”: Vargas declara que él está “acostumbrado a ser quien manda”.

Adela tendrá que aprender por consiguiente el lenguaje de la sumisión: en el juego del cazador y el cazado, será sólo un “cebo, un objeto, un malévolo ratón arruinado”. Cumplida esa etapa, la retórica del animal doméstico expresará su condición: Vargas le da el “trato de amo a perro”, puesto que ella es su “pequeño perro pekinés”. Y Adela finalmente aprenderá a no contrariarlo, pero no al estilo de un canino, sino al de “un mono amaestrado”.

* Notas relacionadas: Adela obsesiva (II) | Adela obsesiva (III).

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